miércoles, 13 de febrero de 2008

FLAN DE CAFE


Flan de café

Para 4 personas
1/2 l. de leche
3 huevos
6 cuch. De azúcar
2 cuch. De café soluble
Caramelo para untar el molde
Nata montada
En un cazo pon a calentar la leche y cuando hierva, añade el café.
Mézclalo bien y aparta del fuego.
En un bol, bate los huevos con el azúcar.
Agrega la leche y bátelo bien.
Echa esta mezcla en un molde de flan untado con caramelo.
Hornea al baño maría hasta que el flan esté cuajado.
Deja enfriar y desmolda.
Sirve el flan adornado con nata montada.
Temporada: Todo el año Bebida: Dulce

CREMA DE PIÑA


Crema de piña

Para 4 personas 1 piña grande
3 huevos
6 cuch. de azúcar
1 1/2 vaso de leche
2 cuch. de harina de maíz refinada
Saca la pulpa de la piña y hazla puré.
Con el resto de los ingredientes, prepara una crema calentándolos al fuego hasta que espese la crema.
Añade el puré de piña , mezcla bien y sirve muy frío.

CREMA DE PIÑA


Crema de piña

Para 4 personas
1 piña grande
3 huevos
6 cuch. de azúcar
1 1/2 vaso de leche
2 cuch. de harina de maíz refinada
Saca la pulpa de la piña y hazla puré.
Con el resto de los ingredientes, prepara una crema calentándolos al fuego hasta que espese la crema.
Añade el puré de piña , mezcla bien y sirve muy frío.
MUY RICA

COPA DE MELON


Copa de melón

Para 4 personas
½ melón
250 ml. de nata
1 cucharada de azúcar
8 frambuesas almendra fileteada y tostada
2 fresas
- Para los hielos de menta:
15 hojas de menta
1 cucharada de azúcar
1 vaso de agua zumo de
1 limón
Retira los nervios de las hojas de menta, colócalas en el mortero, añade la cucharada de azúcar y maja todo bien.
Vierte el zumo de limón y sigue mezclando.
Cuélalo e introdúcelo en una bolsa de cocina de plástico duro (la idea es que quede una capa muy fina).
Ciérrala bien con unos clips e introdúcela en el congelador hasta que endurezca.
Retira las pepitas del melón y vacíalo.
Pon la carne dentro de una jarra y tritúrala con una batidora eléctrica.
Cuélalo con el chino.
Añade la cucharada de azúcar a la nata, móntala con una batidora de varillas eléctrica e introdúcela en una manga pastelera.
Corta unas frambuesas y colócalas dentro de 4 copas, vierte el batido de melón y decora la superficie con la nata montada.
Coloca encima unos trozos de hielos de menta y espolvorea con un poco de almendra tostada.
Si el melón no tiene demasiado sabor, puedes acentuarlo añadiéndoles una pizca de sal y pimienta o un poco de jengibre molido.
Todo lo que buscas para tu cocina aquí

COPA DE LA CASA


Copa de la casa

Para 4 personas
- 1/2 brazo de gitano relleno de crema
- 4 - 6 bolas de helado
- 2 puñados de almendras garrapiñadas
- un puñado de fresas (silvestres)
- 16 - 24 cerezas
- 300 grs. De chocolate hecho

Corta el brazo de gitano en rodajas y repártelas en el fondo de los platos o copas.
Coloca en el centro las bolas de helado y vierte por encima el chocolate.
Espolvorea con trocitos de almendras garrapiñadas y por ultimo, decora este postre con las cerezas y las fresas.
Temporada: Primavera Bebida: Cava

ARROZ CON LECHE


Arroz con leche

Para 4 personas
1 l. de leche
¼ l. de nata
115 gr. de arroz
100 grs. de azúcar
6 ramas de canela
2 trozos de corteza de limón
Para el merengue:
3 claras de huevo
3 cucharadas de azúcar
En una cazuela pon a cocer la nata, la leche, las ramas de canela, las cortezas de limón y el arroz.
Remueve cada 4-5 minutos.
Cuando esté casi hecho, incorpora el azúcar, mezcla bien y deja cocer un poco más.
Retira las ramas de canela y deja enfriar.
Para el merengue, con una batidora de varillas eléctrica monta las claras, cuando estén montadas, añade el azúcar y sigue batiendo hasta que se disuelva el azúcar.
Sirve el arroz en cuencos individuales y encima una cucharada de merengue.
Gratina hasta que se dore.
Adorna con unas hojas de menta, y unas frambuesas.
Consejo:
A la hora de introducir los cuencos en el horno, es muy importante que sean apropiados para hornear, porque si no se pueden romper con el calor.

ALMENDRADOS


Almendrados

Para 4 personas
1/4 kg. De almendras ( en polvo)
1/4 kg. de azúcar
3 huevos
Canela molida
Ralladura de piel de limón
1/4 vaso de aguardiente
Azúcar glas
En un bol , mezcla las almendras en polvo , con el azúcar, los huevos, la canela, y la ralladura de limón.
Cuando tengas una masa uniforme, haz con ella unas bolitas como albóndigas.
A continuación imprégnalas en el aguardiente y rebózalas en azúcar glas.
Coloca en una bandeja de horno y hornea a 190 grados de 20 a 30 minuto
BUEN PROVECHO

BRAZO DE FRESA


Brazo de fresa

Para 4 personas
- Para el bizcocho:
2 huevos
50 gr. de azúcar
50 gr. de harina -
Para el relleno:
200 gr. de nata montada
125 gr. de fresas
100 gr. de azúcar
100 gr. de puré de frambuesas
un chorrito de vinagre -
Para decorar:
chocolate de cobertura
hojas de menta

Para el bizcocho, monta los huevos con una batidora eléctrica de varillas, añade el azúcar y sigue montando.
Agrega la harina tamizada y mezcla con movimientos envolventes.
Coloca un papel de horno sobre la placa y vierte la masa del bizcocho e introduce en el horno a 200ºC durante 8-10 minutos.
Lava las fresas y retira los tallos.
Trocea unas cuantas en láminas finas y deja el resto enteras.
Pon el azúcar en una sartén al fuego hasta que caramelice.
Añade las fresas enteras, mezcla bien y vierte el chorrito de vinagre.
Dale un calentón y pasa las fresas a un plato.
Agrega el puré de frambuesas y deja reducir hasta conseguir una salsa espesa.
Cuando el bizcocho esté hecho, retira la bandeja del horno y suelta el bizcocho del papel con cuidado para que no se rompa.
Rellénalo con la nata montada y las fresas laminadas y enteras (reserva un par).
Enróllalo, corta los extremos.
Decóralo con las fresas, unos hilos de chocolate de cobertura, salsa de frutas y unas hojas de menta.
Para evitar que el brazo de gitano se rompa, es muy importante rellenarlo y enrollarlo en
templado, antes de que enfríe.
BUEN PROVECHO

PATE DE CHAMPIÑONES Y TOFU


Paté de champiñones y tofu
Ingredientes (6 p.):
½ kg de champiñones
250 g de tofu
1 cebolla
1 zanahoria
2 tomates
1 diente de ajo
½ cucharadita de miso
10 g de sésamo tostado
agua aceite de oliva sal pimienta colines regañás para acompañar
Trocea el tofu y cuécelo en un cazo con abundante agua y un poco de sal durante 30 minutos. Escurre y reserva.
Pica finamente la cebolla y saltéala en una sartén con un poco de aceite.
Agrega los champiñones laminados.
Salpimienta y cocina hasta que los champiñones suelten toda el agua, se ablanden y vuelvan a absorber el agua.
Coloca los champiñones en el vaso de la batidora, incorpora el tofu, la zanahoria y el ajo finamente picados, el miso, un chorro de aceite, sal y pimienta.
Tritura.
Unta moldes pequeños con el paté y desmóldalo en el plato en el que vayas a servir.
Espolvorea con el sésamo por encima.
Parte los tomates por la mitad y rállalos sobre un bol con ayuda de un rallador.
Reserva.
Sirve el paté en un plato llano, acompaña con el tomate rallado y con las regañás.
El tofu, sus únicos ingredientes son soja, agua y un solidificante o coagulante.
Se prepara mediante la coagulación de la llamada "leche de soja" y su prensado posterior para separar la parte liquida de la sólida, en una manera similar a como se prepara el queso a partir de la leche.
Tiene una textura firme parecida a la del queso, sabor delicado, color blanco crema y se presenta en forma de un cuadradito blanco.
BUEN PROVECHO

CARNE A LA GRIEGA

Roast beef con champiñones a la griega
Ingredientes (4 p.):
½ kg de lomo bajo de ternera
500 g de champiñones frescos
2 dientes de ajo
4 cucharadas de puré de aceituna
1/2 cucharada de puré de tomate
1 cucharadita de semillas de cilantro
1 cucharada de zumo de limón
2 cucharadas de brandy
aceite de oliva
sal pimienta negra perejil picado
Salpimienta la carne y dórala por todos los lados en una sartén con un poco de aceite.
Pásala a una fuente de horno y hornea a 180ºC durante 12 minutos (en horno previamente calentado).
Déjala enfriar y córtala en filetes finos.
Reserva.
Pela los champiñones, retírales el tallo y límpialos con un cepillito.
Pártelos por la mitad y reserva.
Pela y filetea los ajos y dóralos en una sartén con un poco de aceite.
Añade las semillas de cilantro.
Agrega los champiñones, salpimienta, remueve y vierte el brandy, el zumo de limón y el tomate. Tapa y cocina durante 25 minutos.
Pásalos a un bol y aderézalos con un buen chorro de aceite.
Deja enfriar.

BUEN PROVECHO
Extiende una cucharada de pasta de aceitunas en la base del plato. Vierte encima un chorrito de la salsa de los champiñones y coloca encima la carne. Acompaña con los champiñones y decora con perejil picado.

PLATANOS CARAMELIZADOS CON CREMA

Plátanos caramelizados con crema

Ingredientes (2 p.):
2 plátanos
100 g de mantequilla
100 ml de natillas
1 yema de huevo
2 cucharadas de azúcar de caña
cáscara de ½ naranja
2 cucharadas de ron
1 cucharada de canela en polvo
2 frambuesas
Pon a derretir la mantequilla en una sartén.
Pela y corta los plátanos en trozos de 1 cm. e introdúcelos en la sartén.
Cuando empiecen a dorarse, añade el azúcar y espolvorea con una pizca de canela.
Vierte una cucharada de ron y cocina unos 5 minutos.
Reserva.
Mezcla las natillas con la yema de huevo.
Reserva.
Coloca los plátanos en el plato en el que los vayas a servir.
Ralla la cáscara de naranja y vierte la otra cucharada de ron por encima.
Cubre los plátanos con las natillas, espolvorea con un poco de canela y distribuye por encima las frambuesas troceadas.
Gratina 2-3 minutos.
Sirve enseguida.

HAMBURGUESAS DE SALMON


Hamburguesas de salmón

Ingredientes (2 p.):
250 g de salmón fresco
1 cebolleta
1 cebolla
1 chalota
12 hojas de espinaca
2 cucharadas de fécula de patata
una cucharada de azúcar
½ vaso de fumet o de agua
½ vaso de vermut
½ vaso de nata
aceite de oliva sal pimienta perejil picado
Pon en un cazo un chorro de aceite e introduce la chalota finamente picada.
Pocha y agrega la espinaca cortada en juliana fina.
Salpimienta, añade el vermut, un chorro de nata y el caldo.
Cocina durante 20 minutos aproximadamente y reserva.
Pon un poco de aceite en una sartén e introduce la cebolla cortada en juliana.
Cocina durante 15 minutos a fuego lento, añade el azúcar y cocina durante 5 minutos más.
Retira y reserva.
Trocea el salmón (mira bien que no tenga espinas) y ponlo en el vaso de la picadora, sazona, añade un poco de perejil, la cebolleta picada y la fécula de patata.
Tritura.
Moldea las hamburguesas y fríelas en una sartén sin nada de aceite (se fríen con la grasa que suelta el salmón).
Sirve en un plato llano, acompaña con la cebolla confitada, riega con la salsa y decora con perejil picado.
QUE APROVECHE

TRENZA DE MANZANA Y FRANBUESAS

Trenza de manzana y frambuesas

Ingredientes (2 p.):
1 lámina de hojaldre
1 manzana reineta
8-10 frambuesas
1 huevo
2 cucharadas de azúcar moreno
2 onzas de chocolate
1 cucharada de canela
1 yogur para acompañar (opcional)
1 ramita de romero para decorar
Para hacer la trenza, corta la lámina de hojaldre de forma rectangular y colócala en una bandeja de horno cubierta con papel de hornear.
Con un cuchillo, haz cortes diagonales en los laterales más largos (con 2-3 cm de distancia entre cada corte) desde la esquina hacia el centro pero sin llegar al centro (dejando espacio para colocar el relleno).
Pela la manzana y córtala en medias lunas, colócalas en el centro de la lámina (a lo largo de todo el hojaldre).
Pon encima las frambuesas y espolvorea con azúcar y canela.
Recoge los extremos hacia el centro, primero los del lado corto y luego los del largo alternando uno de cada lado como haciendo una trenza.
Bate el huevo en un bol y pincela por encima el hojaldre. Hornea a 170ºC durante 20-30 minutos. Parte la trenza en 2 trozos.
Con un rallador, ralla las onzas de chocolate y utiliza una parte para el yogur y otra para decorar el plato (junto con un poco de azúcar moreno).
Emplata la trenza y acompaña con el yogur.
Se puede servir templada o fría.


Pastel de pescado en el microondas

Porciones /
número de personas: 4
Tiempo de Preparación: 20"
Tiempo de cocción: Categoría: Entradas frías y calientes, Pescados y marisco
Dificultad: Fácil

Introducción:
Pastel de pescado pensado para aquellos a los que el pescado se les "atraganta"
Ingredientes:
500 gr de filetes de pescado limpios (puede ser congelado)
100 gr de gambas (pueden ser congeladas)
1 cebolla
4 huevos
Sal Pimienta Perejil
Instrucciones:
Poner en una sarten a dorar la cebolla picada muy pequeñita.
Añadir el pescado y dejar que se dore.
Añadir las gambas y que se hagan un poco.
Salpimentar al gusto Poner todo en una picadora o en la Thermomix y picarlo pero sin pasarse (Yo lo he puesto 5 segundos en la Thermomix a Velocidad 3). Volcar la mezcla en un pirex o molde apto para microondas.
Añadir perejil al gusto.
Agregar los 4 huevos y mezclar bien.
Meter 12 minutos en el microondas a potencia máxima (si se ve que no ha cuajado del todo, dejar un par de minutos más).

Si queréis, se puede añadir cualquier tipo de pescado o marisco a la mezcla. MundoRecetas.com

PASTITAS DE APERITIVO


Porciones / número de personas: Tiempo de Preparación: Tiempo de cocción: Categoría: Aperitivos y tapasDificultad: Fácil
(Pulsa para ampliar)
Ingredientes:125 gr de mantequilla sin sal 2 yemas de huevo 100 gr de azúcar glas 100 gr de azúcar 1 cucharadita de aroma de plátano (o de otro aroma a elegir) 60 ml de leche 1 pizco de sal 350 gr de harina MundoRecetas.com
Instrucciones:Preparación manual Mezclar la mantequilla, las yemas, el azúcar glas, el azúcar y el aroma de plátano. Añadir la sal, la leche y mitad de la harina y amasar bien. Añadir la restante harina y amasar hasta que quede una masa compacta. Envolver la masa en papel film y llevar al frigorífico durante 1 hora. Extender la masa con la ayuda de un rodillo, cortar con el cortapastas y hornear en horno precalentado a 180º hasta que queden doraditas.
Preparación en thermomix Poner los 100 gr de azúcar en el vaso y triturarlo hasta que quede glas. Añadir el restante azúcar, la mantequilla, las yemas y el aroma de plátano y mezclar en velocidad 4 durante unos segundos. Añadir mitad de la harina, la sal, y la leche y mezclar en velocidad 5. Añadir la restante harina, mezclar durante unos segundos en velocidad 5 y luego programar 1 minutos en velocidad espiga. Envolver la masa en papel film y llevar al frigorífico durante 1 hora. Extender la masa con la ayuda de un rodillo, cortar con el cortapastas y hornear en horno precalentado a 180º hasta que queden doraditas.
Para decorar Glasa blanca, glasa rosa, corazoncitos de azúcar, azúcares de colores...

ROLLITOS DE TORTILLA RELLENOS DE VERDURA

20 grs. de harina100 ml de leche50 grs. de queso ralladoAceite y sal
Para el relleno
1 cebolla mediana1 pimiento verde1 calabacín2 o 3 espárragos1 zanahoriaAceite y sal
Para la salsa bechamel
1/4 de litro de leche20 grs. de mantequilla1 cucharada de harina1 cucharadita de salsa de tomateUna pizca de nuez moscadAsal y pimienta
Preparación:Se rehogan las verduras en una sartén con un poco de aceite en este orden:Primero se coloca la cebolla cortada en pequeños dados, junto con los espárragos también cortados y cuándo esté transparente se añaden el calabacín, la zanahoria y el pimiento cortados de la misma forma, dejando que cuezan a fuego lento hasta que estén tiernos.Mientras se colocan los huevos en un cuenco junto con la harina, la leche, un poco de sal y se baten con unas varillas dejándolos en reposo mientras se hace la bechamel. Para ello se coloca en un cazo la mantequilla, la harina, la nuez moscada, se salpimienta y después de mezclar todos los ingredientes se coloca al fuego, sin dejar de remover hasta que espese y por último se añade la salsa de tomate.A continuación, se calienta un poco de aceite en una sartén pequeña y se hacen las tortillas redondas echando un cucharón de la mezcla preparada, repitiendo la misma operación hasta que se termine. Se reparte el relleno en el centro de cada tortilla al que se le habrá añadido 2 cucharadas de bechamel. Se enrollan las tortillas y después de colocarlas dentro de una bandeja , se cubren con el resto de la bechamel, el queso rallado y se gratinan.
ConsejosPara hacer estos rollitos es preferible añadir al huevo batido un poco de harina y leche, para darles más consistencia y de esta forma nos sea más fácil enrollarlos.

ALBONDIGAS CASERAS


Albóndigas caseras

Para 4 personas 500 g de carne de ternera picada 200 g de miga de pan 1 vaso de leche 1 huevo 2 dientes de ajo 3 cebollas 1 vaso de caldo de carne 1 vaso de vino tinto harina aceite virgen extra sal perejil pimienta negra molida
Mezcla la miga de pan con leche y deja reposar. En un bol pon la carne picada, el huevo, los ajos finamente picados y un poco de perejil picado. Salpimienta y mezcla bien hasta que quede una masa homogénea. Escurre la miga de pan e incorpórala a la mezcla anterior. Amasa bien. Prepara las albóndigas y pásalas por harina y fríelas en una sartén con unas 7 cucharadas de aceite. Dóralas y colócalas en un plato con papel de cocina para que escurra el aceite. Pásalas a una cazuela. Pica las cebollas y dóralas en el mismo aceite donde has frito las albóndigas. Añade 1 cucharada de harina y rehoga brevemente. Vierte el caldo de carne y el vino tinto y deja que se cocine durante 15 minutos. Pasa la salsa por un pasapurés y viértelo sobre las albóndigas. Guisa conjuntamente las albóndigas y las salsa durante 10 o 15 minutos. Decora con una ramita de perejil. A la hora de hacer albóndigas, es muy importante añadir miga de pan remojada en leche. De esta forma quedarán más jugosas y no se desharán al freír. También se puede añadir una parte de carne de cerdo. Todo lo que buscas para tu cocina aquí

PULPO A LA GALLEGA


Pulpo a la gallega
Una exquisita receta, sana, nutritiva y ligera para cuidarse disfrutando.. Abstenerse de su preparación personas excesivamente sensibles o pedir ayuda para golpear el pulpo.
Ingredientes de Pulpo a la gallega (6 personas):

1 pulpo de 1 K y medio 2 hojas de laurel 3 dientes de ajo 1 cucharada colmada de pimentón picante o dulce, según el gusto

3-4 cucharadas de aceite de oliva que sea muy sabroso
1 cucharada de sal gorda sal Preparación de la receta:
Paso 1: Lavar bien el pulpo y golpearlo repetidamente con el rodillo, un martillo grueso, etc
Paso 2: Hervir agua en una olla grande con unos 2 litros y medio de agua.
Paso 3: Agregar el laurel, sal y el ajo, y llevar a ebullición.
Paso 4: Cuando hierva el agua, echar el pulpo y dejar cocinarse 50 minutos.
Paso 5: Sacar, escurrir y cortar el pulpo en trocitos pequeños y colocar en un cuenco grande o fuente tipo ensaladera.
Paso 6: Espolvorearle la sal gorda y verter sobre él el pimentón mezclado con el aceite.
Paso 7: Hacer que el pulpo se embadurne bien del aceite y dejarlo macerándose 1 hora al menos.
Paso 8: Servir en una tabla redonda de madera con canal o tope.

Variantes y trucos de la receta.

El pulpo se puede comprar congelado y no hay entonces que golpearlo tanto. Para limpiarlo, hay que darle la vuelta a la cabeza. El mejor recipiente para hervir un pulpo es un puchero de cobre, hasta el punto, de que mucha gente que no dispone de olla de cobre introduce alguna pieza de cobre para que el pulpo adquiera su sabor característico. La mejor forma de acompañar un pulpo a la gallega son unas patatas hervidas en el mismo caldo del pulpo y condimentadas con aceite, pimentón y sal gorda.
Recetas relacionadas con pulpo a la gallega:
Receta de Pulpo à Feira Recetas Gallegas Pulpo con Patatines Consejos cocinar pescado # # Comprar pescado en el mercado
Diccionario de Cocina, Gastronomía y Alimentación Alimentación Alimentación y salud Ventajas del pescado para la salud El pescado de España: fuente de salud Productos de temporada

martes, 12 de febrero de 2008

MESA DE INDIANOS O LA VERDADERA HISTORIA DE LA COCINA ASTURIANA



* En Asturias llamamos indianos a los emigrantes que a finales del siglo XIX y principios del XX, fueron a América (Cuba, Méjico, y Chile, principalmente) y volvieron inmensamente ricos. En la zona occidental, Cudillero, Luarca, Malleza, Pravia, Somao, etc., se les llama Americanos, porque el vocablo Indiano se conserva, para los primeros pobladores que fueron a colonizar las Indias, generalmente sacerdotes, militares y funcionarios de la corona, quienes recibieron a cambio de sus servicios grandes haciendas, latifundios que se conservaron por generaciones prácticamente hasta nuestros días.
Tantos libros se han publicado hasta la fecha con el título de Historia de la Cocina, que ya me da apuro cumplir con el compromiso de un proyecto que inicié hace más de diez años, pero que ahora aprovecho esta auténtica cátedra digital, para contarles la curiosa génesis de lo que hoy se da en llamar Gastronomía asturiana (pueden cambiar asturiana por gallega, cántabra o incluso vasca, porque hay más parecidos que diferencias) y que no pocos pedantes pseudos eruditos, pretenden remontar a las gestas de D. Pelayo, cuando en realidad en estos valles no se comió fabada hasta después de la guerra civil española.
Antes de entrar en materia conviene situarnos geográfica y orográficamente, porque nadie en sus cabales podría de otro modo concebir que Asturias tuviese más contacto comercial, y por tanto cultural y social, con Inglaterra o Francia, que con la vecina Castilla, por eso les daré una pincelada sobre la materia.
Asturias, tierras de valles.
No voy a remontarme a los escritos de Plinio, ni siquiera a las famosas cartas de viajes de Jovellanos, simplemente les diré que yo no conocí el pueblo que un día sería mi residencia, Castropol, hasta los años ochenta, porque ir desde mi querida Cangas de Onís, hasta el valle del Eo, suponía sus buenas siete u ocho horas de coche.
En los cincuenta, eso bien podría suponer el doble, lo que significaría un día entero, y en siglo XIX, lo que históricamente es como decir ayer por la mañana, lo más rápido y seguro era hacerlo en barco, ya que no había servicio directo de diligencias que no obligase a pernoctar un par de noches.
Y digo barco como quién no le da importancia, pero nadie que no haya navegado por el Cantábrico sabe lo que significa costear por estas aguas, porque con buena mar, las cien millas que separan Llanes de Figueras, se harían en un día, pero con el tiempo torpe …
Eso señala que Asturias tuvo siempre una cultura muy endogámica, cada cual vivía en su valle y apenas si salía alguna vez en su vida a alguno que fuese el vecino o, como mucho, a la capital para algún asunto administrativo.
Pero eso no era nada comparado con la barrera que nos separaba del resto de la península, porque los pocos pasos que la cordillera tiene para acceder a la meseta, hasta el siglo XX fueron de herradura, por lo que personas y mercancías tenían que viajar a lomos de mulos, porque no había tan siquiera carros con los que cruzar …, y eso, durante los cuatro o cinco meses de verano en que la nieve no los cerraba, porque el resto del año, Asturias era una verdadera isla.
Hasta el siglo XIX en que Alfonso XIII inauguró el ferrocarril de Pajares, salvo intercambios puntuales de poblados limítrofes de la montaña, todo el comercio se realizaba por mar y claro, ya puestos, entre llevar avellanas a Cádiz para su posterior transporte a Madrid o llevarlas a Brighton, El Havre, o Lorient, pues imagínense.
Solo teniendo en cuenta esta situación, podremos comprender como sucedieron los acontecimiento que a continuación les vamos a narrar.
El hambre no es cultura.
La mayoría de esos intelectuales de aldea a que me refería antes, se empeñan en convencernos de que nuestra cocina tiene raíces centenarias, lo cual es una solemne estupidez porque hasta casi el siglo XX, nuestros pueblos comían lo que hubiese …, y gracias.
Un par de datos.
En el libro A journey through Spain, el reverendo Townsend se quejaba que a su entrada en Asturias por Somiedo, en la Pola, no encontró “ni pan, ni carne, ni huevos, ni vino”. Sin embargo, a cuatro leguas, en San Andrés de Agüera, el párroco le dio refugio en la casa rectoral y allí pudo disfrutar de una merienda de chocolate con bizcochos y para la cena, “jugosas aves y buen vino”.
Hasta bien entrado el siglo XX (en Asturias la Desamortización de Mendizábal apenas tuvo consecuencias), el 75% de los terrenos cultivables pertenecían a la Iglesia y el 90% de la población eran campesinos. Dice Jovellanos: “Los mayorazgos y los monasterios e iglesias son casi los únicos propietarios de Asturias”. Dice Juan Bautista Loustau (1786): “Las tierras no producen competente cantidad de granos para el preciso mantenimiento de aquel gentío. Cada uno come las hortalizas que puede cultivar con extraordinario trabajo. El aceite es casi desconocido en las aldeas o barrios de 10, 20 o 30 casas. Allí no se encuentra carne fresca, sirviéndose de cecina salada que cada uno mata al por mayor para todo el año.” Y José Antonio de Cepeda, regente de la Audiencia de Oviedo, en su informe al rey de 1711: “Los que las habitan, cultivan y en ellas crían, es gran número de familias, tan pobres que en los años más fértiles, casi no prueban el pan, carne, ni vino y se alimentan con leche, mijo, fabas, castañas y otros frutos silvestres”
La pota o pote, era el eje sobre el que gravitaba la vida familiar. Un gran caldero con tres patas, que reposaba día tras día en el lar, más o menos lleno de agua y al que se añadía lo que buenamente Dios proveyese.
Antes de que los romanos trajesen los castaños, serían bellotas, después de Colón, judías y maíz y a partir de Napoleón, patatas.
Eso, como ingrediente de contundencia, hidratos de carbono, como proteína, algo de caza, trozos de matanza que se racionaban con mimo hasta que el enranciamiento de la grasa los hacía incomestibles y, cuando moría alguna vaca de parto o había que sacrificarla por que se hubiese despeñado, pues fiesta para toda la aldea porque comían carne hasta reventar durante dos o tres días, ya que, salvo las zonas más altas y frías, casi deshabitadas, en el resto era difícil hacer tasajos y salazones por el elevado grado de humedad.
En algunas localidades como Pola de Siero, con tradición de carniceros porque tuvieron carta puebla, o sea, derecho a celebrar mercado sin necesidad de autorización eclesiástica, desde 1270 (http://www.pepeiglesias.net/op1.php?IDCAT=88&IDFICHA=1740) y tenían mataderos para abastecer a los nobles y clérigos de la capital, se comían las entrañas que no se vendían y así presumían de ser parada y fonda de tratantes y arrieros que sabían que su escudilla, además de garbanzos y nabos, rebosaría de la grasa que mollejas, pezuñas, riñones y sesos, soltaban durante la cocción.
¿Es eso gastronomía?
Con perdón de mis paisanos, yo creo que no. Un pueblo hambriento, que desprecia la oferta micológica más importante de Europa, bien sea por superstición, bien por prohibiciones religiosas, es un pueblo que no valora las delicias de la buena mesa.
Hace apenas veinte años, un servidor daba charlas sobre el tema y la gente me miraba con verdadero recelo: las setas seguían siendo comida de serpientes y armas del diablo, que quién juegue con ellas, tarde o temprano terminará mal.
Podía recorrer bosques y praderías recolectando cantidades ingentes de boletus, cesáreas, níscalos, rebozuelos, bejines, champiñones y cien variedades más. A mediados de los noventa empezaron a llegar comerciantes catalanes que enseñaron a los paisanos a distinguir los boletos, níscalos y rebozuelos, para exportarlos a Italia, Francia y Austria. Hoy pinares y prados lucen carteles de prohibición de acceso y como te pillen con un cesto de perrechicos, te pinchan las ruedas del coche o incluso te pueden moler a palos, porque hay pueblos enteros que viven casi de las setas ¡Y hasta hace diez años ni se tocaban!
¿A cuento de qué toda esta monserga? Pues para situarnos socialmente, porque si les digo de sopetón que la cocina asturiana empezó en el siglo XX con la llegada de los indianos, mañana habrá cien ilustres apellidos asturianos clamando hoguera para este hereje que les cuenta, con todo cariño, aunque parezca lo contrario, la verdadera historia de la cocina de su tierra.
Cocina de indianos.
Como he comentado, en Asturias, salvo cuatro familias nobles y cinco frailes de curia que comían carne, huevos y dulces a diario, el pueblo sobrevivía con lo que hubiese en la pota, que, dicho sea de paso, era tan ralo, que apenas si podía mantener en pie a un ser humano que tuviese que pastorear de sol a sol un ganado que era del amo y a quién poco le importaba que sus aparceros apenas tuviesen tierras que labrar, porque para su mesa, con lo que cobraban, tenían bastante.
Mi abuelo Pepe, como otros tantos, salió un día de su Villalegre natal con unas botas que su madre le había comprado como única dote y que llevaba colgadas del cuello para que no se gastasen antes de llegar a Méjico, donde tenía que presentarse ante un tío lejano que le daría trabajo en su colmado.
Lo que hizo no lo sé, ni me importa, ni menos aún viene al caso de esta historia, lo que cuenta es que amasó una colosal fortuna y así, convertido en indiano, volvió a su querida Asturias para buscar esposa.
No lo hizo a su aldea avilesina porque los recuerdos de la miseria eran aún tan profundos que jamás volvió a pisar su valle. Fue a Cangas de Onís, villa distinguida que alguna vez fuera la primera capital de la España cristiana y donde se decía que residían las señoritas casaderas más finas y distinguidas del principado.
Aquellas mujercitas habían sido sabiamente adiestradas para ser esposas modélicas para un rico indiano. Hablaban francés, sabían leer y escribir, tocar el piano y sobre todo cocinar.
Una vez casados, antes de volver a América, hacían su luna de miel en París, donde durante tres o cuatro meses, compraban antigüedades, visitaban teatros y, sobre todo, disfrutaban de la que era, sin la menor duda, la mejor cocina del mundo.
Durante aquellos tres meses de brutal despilfarro, la esposa, en este caso mi abuela Cari, aprendía a preparar soufflés, volovanes, quiches, bisques, civets, vichysoisses y todo tipo de delicatessens con las que, en el lejano nuevo continente, poder hacer feliz a un esposo nuevo rico.
Al cabo de cuatro o cinco años, la joven esposa, ya madre de tres o cuatro hijos (tres en mi caso), empezaba a deprimirse por no poder compartir tanta riqueza con sus seres queridos de la infancia y así, día a día, mes a mes, iba convenciendo a su indiano para volver, aunque solo fuesen unos meses.
Tengan en cuenta que no había aviones, por lo que el viajecito suponía más de un mes de traslados, lo que con niños y tres o cuatro criados fieles, era toda una expedición.
Ya en el pueblín, como primera medida había que construir una mansión (merece la pena hacer una visita a las casonas asturianas porque son verdaderos palacios), con lo que el plan de mi abuela, como el de tantas otras, estaba cristalizado: “Por Dios Pepe, le diría a mi abuelo, con esta casa tan guapa, como vamos a volver a Tampico con los críos, que no tienen ni donde estudiar, ni un mal hospital donde llevarlos si cogen las paperas” y así mi abuelo, como tantos otros, volvía solo al origen de su fortuna para cerrar los negocios, dejando al frente a un administrador que poco a poco se iría apoderando de lo que quedase.
Y aquí entroncamos con la cocina.
Estamos a principios del siglo XX y una nueva clase social acaba de nacer, la burguesía.
En Francia ya llevaba años implantada, incluso dirigiendo los rumbos del país, pero en Asturias, como en casi el resto de España, era incipiente, limitada a algunos núcleos urbanos.
Pero en Asturias, los indianos lo iban a cambiar todo.
Casi todos aprendieron a leer y escribir en su emigración y muchos de ellos se cultivaron en el seno de la masonería, por lo que, de regreso a su Asturias, se convertían en filántropos que levantaban escuelas, hospitales, geriátricos, en incluso iglesias, como la de nueva de Cangas, que la pagó D. Constantino González, coleguilla de la peña de mi abuelo.
Aunque cueste creerlo, durante los cuatro o cinco meses que duraba el veraneo (la mayoría fijaban su residencia habitual en Madrid u Oviedo), la vida social era intensísima y, salvo el día que había fiesta en casa de algún indiano amigo, raro era que en la mesa no hubiese más de una veintena de comensales, entre los de la propia familiares, y los satélites a los que se invitaba, quizás por humanidad, quizás como ostentación de riqueza.
Pero lo importante es que cada casa era un verdadero comedor de lujo, un tres estrellas Michelin, si por aquel entonces hubiese tal distinción y si sus puertas estuvieran abiertas al público.
Tengan en cuenta que, hasta los años sesenta, en España, salvo dos o tres comedores de lujo en Madrid, Barcelona o alguna contada capital de provincia, la oferta hostelera se limitaba a simples posadas, ni por asomo había un rasgo de elegancia.
Pero en las casas burguesas, sí se cocinaba de lindo, incluso varios platos en cada servicio.
La cocina aprendida en su periodo de juventud, simple pero sabrosa, la parisina incorporada al recetario particular durante el viaje de novios y, esto es muy importante, la mestiza, que tuvo que realizar durante los años de emigración, configuraban un ramillete formidable que, poco a poco, se iba implantando en las costumbres locales, por lo que no es de extrañar que en aquellos manuscritos domésticos que con tanto celo buscamos los historiadores gastronómicos, aparezcan platos con aguacate, caqui, chiles o epazote, ingredientes que no se conocieron en el resto de España hasta los años ochenta, pero que eran comunes en estos valles, porque el indiano había plantado, junto a la pareja de palmeras que identificaba su casa como tal, un aguacate, un caqui y un huerto con chiles jalapeños, en recuerdo a aquellos años de hambre que pasó en su exilio antes de hacerse rico.
Platos tan de moda hoy día por su rareza, como las verdinas, proceden del Puy de Dôme, quizás porque la indiana pasó su luna de miel en Clermont Ferrand. Se trata de unas judías finísimas de color verde (ojo, no verdes de maduración, sino de color, como las pintas son moradas o los fríjoles, negros), que se preparaban solo en la zona Llanes con ternera, pero que desde hace un lustro (no voy a contar el motivo porque me concierne demasiado), se preparan hasta en Luarca, por cierto con mucho acierto en Casa Consuelo, con matanza, langostinos, almejas, nécoras o lo que pille la inspiración del cocinero.
Tengan en cuenta que por aquellos años, París era la capital del mundo y si la cultura francesa les fascinó hasta el extremo de que todas sus casas eran replicas más o menos afortunadas de la arquitectura francesa de la época, pues qué no admirarían de su cocina, cuando habían sido testigos directos del buen hacer de las grandes estrellas, nombres que aún se conservan en el firmamento de la historia de la hostelería mundial, como fue Escoffier y su entorno, Ritz, Carlton, Le Grand Véfour (este estuvo cerrado de 1905 a 1947, pero alguien lo conocería), la Tour d’Argent, Maxim’s, etc.
Y este conglomerado de culturas fue el que, a principios del siglo XX y finales del XIX, entró como una locomotora por los hasta entonces tristes valles asturianos donde apenas sí se oían las campanas de llamada a rezo, las esquilas de las vacas y algún que otro juramento, que de eso nunca estuvimos faltos.
Aldeas remotas como Somao, Malleza o cualquiera de los concejos de Llanes, Parres, o Cangas de Onís, de pronto se vieron invadidas de lujosos coches automóviles y mansiones que te hacían dudar entre si estabas en la Habana, el París de las Américas, o el propio Versalles.
Playas desiertas como Ribadesella, se llenaron de fastuosos palacetes con exóticas palmeras y frutales a cual más sofisticado.
Asturias había renacido y se había convertido en un pastel, delicioso por cierto.
He aquí algunos de las más controvertidos platos de esta nueva cultura.
La Fabada
Antes cité de pasada el plato más asturiano, el más típico, el histórico ¿Histórico?
Bueno, seamos serios.
La primera referencia que hay sobre su existencia se debe a Julio Camba en su libro 'La Casa de Lúculo' donde nos comenta que, tras probarla en el chalet de D. Melquíades Álvarez en Somió, casi ingresa en el partido reformista. Hablamos de 1937.
A pesar de no ser hombre comedido, el maestro Camba no se atreve a afirmar nada, pero sí hace un guiño al apuntar que la Fabada es como “el cassoulet de Toulouse, aunque le falte el pato”. Es decir, que para explicar en qué consiste el plato, tiene que hacer referencia al guiso francés.
En un librito de cocina recopilado por el RIDEA, fechado a finales del XIX, no existe mención alguna a la fabada, lo que sugiere que esta no es una simple mutación del pote, como sugieren algunos estudiosos, sino casi con certeza una adaptación del cassoulet, es decir, otro plato de indianos que nuestras abuelas cogieron de su viaje de bodas y en el que cambiaron las delicias de pato, por el tradicional compango asturiano de chorizo, morcilla, tocino y lacón, lo habitual de un pote para día festivo.
De hecho, tal y comenté antes, en Llanes es típica la fabada de verdinas, una verdadera delicia que hasta hace una década apenas si se podía probar por encargo en un par de chigres (en realidad eran casas particulares que daban comidas).
El maíz.
En el palacio de Casariego se conserva una arquita de cedro donde, según algunos (hay contratos de arriendo que confirman que ya en el siglo XVI se cultivaba en Asturias), en 1605 Gonzalo Méndez de Cancio y Donlebún, trajo el primer maíz a Europa.
Desde entonces este grano fue la salvación de miles de familias que veían como por fin podían disponer de algún cereal con que hacer panes.
Fue la panacea, porque con los tucos se macizaban los tabiques, con las hojas se rellenaban los colchones y con las cañas se hacía forraje. Hasta que su abuso provocó una de las mayores pandemias de nuestra historia, el Mal de la Rosa o pelagra, que en Francia se llegó a bautizar como lepra asturiensis.
En muchas zonas se consideró como castigo divino, sobre todo en el occidente donde se cobró miles de víctimas. Tal fue el descalabro, que dejó de consumirse y solo se hacía borona (pan de maíz) cuando las condiciones eran extremas.
Sin embargo los indianos comprobaron que debía haber algo más en aquel asunto, porque en sus respectivos países de emigración, los nativos comían tortillas, totopos y tamales, a todas horas y estaban sanos como robles, de modo que se aficionaron a su consumo y, de vuelta a su tierra, rara era la noche que no cenaban unos tortos con leche.
Un plato glorioso de nuestra cocina es el boronchu preñao, una especie de bomba desde el punto de vista nutricional, pero una tentación a la que no puedo resistirme aún a sabiendas de sus consecuencias.
Consiste en un bloque de borona relleno de chorizos, costilla, panceta, lacón, etc., que, previamente envuelto en hojas de castaño y prensado en una lata de membrillo (de las antiguas, ya saben, de 40cm de largo, por 25 de ancho y 20 de profundidad), se deja cocer muy lentamente al amor del hogar durante toda la noche. Es difícil describirlo, porque los aromas a pastelería que desprende la masa tostada, contrastan con la brutalidad de los aromas del compango y, una vez en boca, son tantos los matices y texturas que se pueden percibir, que yo creo que solo un poeta sería capaz de transmitirlo con toda su voluptuosidad.
Era comida de campo, de romería, de espicha, nada fino, pero golosina que nadie perdonaba por muy elegante que fuese su condición.
Hoy es muy difícil encontrar cocineras que lo hagan porque es laborioso y no es fácil encontrar harina de calidad. De hecho yo solo sé de un par de sitios donde la preparan, ambos en Cangas de Onís.
Los hojaldres.
Asturias cocinó siempre con mantequilla, manteca de vacas que se decía, ya que, al no haber olivares ni almazaras, el aceite era tan caro y escaso, que se reservaba exclusivamente para el aliño de ensaladas y escabeches.
Una de las aplicaciones más gloriosas de esta grasa es el hojaldre. Yo no recuerdo otro como el que preparaba mi abuela los domingos para hacer unos volovanes de marisco que aún se hace la boca agua, cuarenta años después.
La tradición hojaldrera se ha perdido. Los prefabricados han ganado la partida. Las margarinas se han llevado el gato al agua y ya no hay restaurantes ni pastelerías que pierdan su tiempo amasando esta gloria de la Humanidad (en Cangas de Onís hay una pastelería, Peñasanta, que aún prepara una empanada y un milhojas de morirse, pero cuando quiere), pero el hojaldre fue uno de los pilares de la cocina burguesa asturiana.
Hasta hace tan solo tres décadas, esta preparación era como esa asignatura llave que, como la suspendas, te cierra el paso para terminar la carrera.
Los escasos comedores de nivel que había en el principado, pero sobre todo las confiterías y las cocinas domésticas de las casas de bien, tenían toda una parafernalia para que sus hojaldre estuviesen a la altura que requerían sus anfitriones. Mármoles, rodillos, cedazos y sobre todo el savoir faire, eran mantenidos en el mayor secreto y hasta se hacían trampas entre las señoras, pasándose recetas falseadas para que Ramona no pudiese nunca lograr que sus volovanes fuesen tan etéreos como los de mi abuela, o para que los bocaditos de salmón que hacían en la confitería Merino (hoy cerrada), fuesen tan codiciados, que solo se vendían de uno en uno para que los clientes tuviesen que tomarse allí el vino. Mi padre, q.e.p.d., cuando llegábamos a Cangas, antes de visitar a su hermana Marina, ni tan siquiera subir el equipaje, lo primero que hacía era tomarse un par de hojaldritos de salmón en el Merino.
Y hablo de Cangas porque es lo que yo conocía, pero otro tanto se podría decir de Llanes, Luarca y por supuesto las grandes ciudades como Oviedo, Gijón o Avilés, porque esa cultura gastronómica, sobre todo la dulcera, no se quedaba en las casas de los indianos, sino que salía a la calle, a las pastelerías ya que, si bien apenas había restaurantes elegantes, los cafés y confiterías sí eran notables en cada villa, y era comentario habitual decir que en los milhojas de la Covadonga eran exquisitos porque en su obrador trabajaba Etelvina, que antaño sirviera en casa de los de Solís y allí aprendió las recetas del hojaldre de Dª Caridad y la del tocinillo de cielo de Balbina Gala, que tenían fama de ser los mejores desde Ribadesella hasta Cabrales y de Oviedo a Unquera.
Sidra, vino y otras bebidas.
Todos los documentos antiguos indican que en Asturias se comía con agua, leche o suero, porque el vino era privilegio de nobles y clérigos, e incluso la sidra solo se consumía en fiestas populares o celebraciones ya que el campesino la elaboraba para comerciar con ella.
Permítanme que deje un poco de lado el asunto del actual vino asturiano, llamado de Cangas, porque es un tema bastante escabroso y no quisiera cargar con ninguna responsabilidad cuando esto salte, porque muchas familias tengan que pagar, quién sabe si alguno con su vida, la irresponsabilidad de una administración que les animó a meterse en la boca del lobo.
La producción de vino en Asturias, se hacía precisamente por esas peculiaridades orográficas que describimos al principio. Traer vino de la meseta era tan ardua tarea, que el poco que llegaba debía hacerlo por mar y en muchos casos desde Francia, lo que hacía que fuese privilegio exclusivo de nobles y clérigos.
En la zona de Villaviciosa había notables plantaciones, pero a finales del XVIII, tanto las viñas como los cítricos (Asturias era la principal exportadora de naranjas y limones a Inglaterra ya que el flete suponía una cuarta parte que desde levante), fueron cambiadas por manzanos para la elaboración de sidra que Francia e Inglaterra demandaban, hasta el extremo de que el propio Jovellanos, denunciase semejante irresponsabilidad en su Informe sobre el expediente de la ley agraria (1794).
Por ello tan solo quedaron viñedos en las zonas más alejadas del mar, donde era necesario vinificar para el autoconsumo, y así se conservan aún viñedos prefiloxéricos en los concejos de Allande, Cangas de Nancea, Ibias y Tineo, con variedades autóctonas como la Albarín, Carrasquín y Verdejo Negra, aunque desde que se abrieron carreteras hacia León, prácticamente todo el vino se empezó a elaborar con uvas traídas de El Bierzo, algo absurdo porque sería más cómodo importar el vino en garrafas, pero por aquello de mantener la tradición, pues algunas casas mantenían sus lagos y prensas.
Por el contrario la sidra hizo furor en toda la región, principalmente en la zona central costera, Gijón y Villaviciosa, estableciendo una floreciente industria y un rentable comercio con la Bretaña francesa y el Reino Unido.
Sin embargo y a pesar de la incorporación de la botella, hasta hace apenas un par de décadas (incluso hoy), la sidra se considera bebida menor, casi como un refresco para el aperitivo o media tarde y, salvo pueblos sidreros como Gijón, Nava, o Villaviciosa, los bebedores de sidra eran mal considerados por la alta sociedad, gente de chigre (el chigre es el aparato sacacorchos típico de Asturias y por extensión así se llama también a los bares que venden sidra (http://www.pepeiglesias.net/op1.php?IDCAT=116&IDFICHA=931), por lo que no estaba presente en la mesa de los indianos, de hecho casi la bebían a escondidas, ese día que iban de paseo hasta alguna aldea, donde un familiar lejano invitaba al nuevo rico a sentarse a la sombra de un castaño para oírle aquellas anécdotas de su gesta que no se podían narrar en público y menos delante de la esposa y los hijos.
Como en las Americas tampoco era habitual el consumo de sidra y vino, Asturias no gozó de grandes bodegas sino más bien de estanterías donde se lucían vinos famosos, Vega Sicilia, Chateau Mouton y cosas por el estilo, en recuerdo de lo que se vio en Paris, pero apenas para su consumo.
Sí había por el contrario destilados inusuales en España, como el whisky, el tequila, el pisco y otras frecuentes en los respectivos países de acogida, sobre todo el ron, pero como generalmente el indiano rico había llegado a tal precisamente por su afición a la bebida sino más bien por todo lo contrario, pues en estas casas no estaba muy bien visto darle al frasco.
Gracias a Dios, esta lamentable deficiencia fue subsanada por las generaciones descendientes y por hoy Asturias es la región que cuenta con las mejores cartas de vinos de España y los asturianos gozamos de una más que merecida fama de ser el pueblo que más y mejor bebe, quizás del mundo. ¡hips!
Terminamos.
Comprenderán ustedes que el tema exige un libro entero, pero al menos estas cuatro pinceladas yo creo que esbozan el perfil de una cultura simpática, casi desconocida, con personajes aún vivos, aunque algunos confunden con raíces visigóticas.
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Mesa de Indianos*, o la verdadera historia de la cocina asturiana.
* En Asturias llamamos indianos a los emigrantes que a finales del siglo XIX y principios del XX, fueron a América (Cuba, Méjico, y Chile, principalmente) y volvieron inmensamente ricos. En la zona occidental, Cudillero, Luarca, Malleza, Pravia, Somao, etc., se les llama Americanos, porque el vocablo Indiano se conserva, para los primeros pobladores que fueron a colonizar las Indias, generalmente sacerdotes, militares y funcionarios de la corona, quienes recibieron a cambio de sus servicios grandes haciendas, latifundios que se conservaron por generaciones prácticamente hasta nuestros días.
Tantos libros se han publicado hasta la fecha con el título de Historia de la Cocina, que ya me da apuro cumplir con el compromiso de un proyecto que inicié hace más de diez años, pero que ahora aprovecho esta auténtica cátedra digital, para contarles la curiosa génesis de lo que hoy se da en llamar Gastronomía asturiana (pueden cambiar asturiana por gallega, cántabra o incluso vasca, porque hay más parecidos que diferencias) y que no pocos pedantes pseudos eruditos, pretenden remontar a las gestas de D. Pelayo, cuando en realidad en estos valles no se comió fabada hasta después de la guerra civil española.
Antes de entrar en materia conviene situarnos geográfica y orográficamente, porque nadie en sus cabales podría de otro modo concebir que Asturias tuviese más contacto comercial, y por tanto cultural y social, con Inglaterra o Francia, que con la vecina Castilla, por eso les daré una pincelada sobre la materia.
Asturias, tierras de valles.
No voy a remontarme a los escritos de Plinio, ni siquiera a las famosas cartas de viajes de Jovellanos, simplemente les diré que yo no conocí el pueblo que un día sería mi residencia, Castropol, hasta los años ochenta, porque ir desde mi querida Cangas de Onís, hasta el valle del Eo, suponía sus buenas siete u ocho horas de coche.
En los cincuenta, eso bien podría suponer el doble, lo que significaría un día entero, y en siglo XIX, lo que históricamente es como decir ayer por la mañana, lo más rápido y seguro era hacerlo en barco, ya que no había servicio directo de diligencias que no obligase a pernoctar un par de noches.
Y digo barco como quién no le da importancia, pero nadie que no haya navegado por el Cantábrico sabe lo que significa costear por estas aguas, porque con buena mar, las cien millas que separan Llanes de Figueras, se harían en un día, pero con el tiempo torpe …
Eso señala que Asturias tuvo siempre una cultura muy endogámica, cada cual vivía en su valle y apenas si salía alguna vez en su vida a alguno que fuese el vecino o, como mucho, a la capital para algún asunto administrativo.
Pero eso no era nada comparado con la barrera que nos separaba del resto de la península, porque los pocos pasos que la cordillera tiene para acceder a la meseta, hasta el siglo XX fueron de herradura, por lo que personas y mercancías tenían que viajar a lomos de mulos, porque no había tan siquiera carros con los que cruzar …, y eso, durante los cuatro o cinco meses de verano en que la nieve no los cerraba, porque el resto del año, Asturias era una verdadera isla.
Hasta el siglo XIX en que Alfonso XIII inauguró el ferrocarril de Pajares, salvo intercambios puntuales de poblados limítrofes de la montaña, todo el comercio se realizaba por mar y claro, ya puestos, entre llevar avellanas a Cádiz para su posterior transporte a Madrid o llevarlas a Brighton, El Havre, o Lorient, pues imagínense.
Solo teniendo en cuenta esta situación, podremos comprender como sucedieron los acontecimiento que a continuación les vamos a narrar.
El hambre no es cultura.
La mayoría de esos intelectuales de aldea a que me refería antes, se empeñan en convencernos de que nuestra cocina tiene raíces centenarias, lo cual es una solemne estupidez porque hasta casi el siglo XX, nuestros pueblos comían lo que hubiese …, y gracias.
Un par de datos.
En el libro A journey through Spain, el reverendo Townsend se quejaba que a su entrada en Asturias por Somiedo, en la Pola, no encontró “ni pan, ni carne, ni huevos, ni vino”. Sin embargo, a cuatro leguas, en San Andrés de Agüera, el párroco le dio refugio en la casa rectoral y allí pudo disfrutar de una merienda de chocolate con bizcochos y para la cena, “jugosas aves y buen vino”.
Hasta bien entrado el siglo XX (en Asturias la Desamortización de Mendizábal apenas tuvo consecuencias), el 75% de los terrenos cultivables pertenecían a la Iglesia y el 90% de la población eran campesinos. Dice Jovellanos: “Los mayorazgos y los monasterios e iglesias son casi los únicos propietarios de Asturias”. Dice Juan Bautista Loustau (1786): “Las tierras no producen competente cantidad de granos para el preciso mantenimiento de aquel gentío. Cada uno come las hortalizas que puede cultivar con extraordinario trabajo. El aceite es casi desconocido en las aldeas o barrios de 10, 20 o 30 casas. Allí no se encuentra carne fresca, sirviéndose de cecina salada que cada uno mata al por mayor para todo el año.” Y José Antonio de Cepeda, regente de la Audiencia de Oviedo, en su informe al rey de 1711: “Los que las habitan, cultivan y en ellas crían, es gran número de familias, tan pobres que en los años más fértiles, casi no prueban el pan, carne, ni vino y se alimentan con leche, mijo, fabas, castañas y otros frutos silvestres”
La pota o pote, era el eje sobre el que gravitaba la vida familiar. Un gran caldero con tres patas, que reposaba día tras día en el lar, más o menos lleno de agua y al que se añadía lo que buenamente Dios proveyese.
Antes de que los romanos trajesen los castaños, serían bellotas, después de Colón, judías y maíz y a partir de Napoleón, patatas.
Eso, como ingrediente de contundencia, hidratos de carbono, como proteína, algo de caza, trozos de matanza que se racionaban con mimo hasta que el enranciamiento de la grasa los hacía incomestibles y, cuando moría alguna vaca de parto o había que sacrificarla por que se hubiese despeñado, pues fiesta para toda la aldea porque comían carne hasta reventar durante dos o tres días, ya que, salvo las zonas más altas y frías, casi deshabitadas, en el resto era difícil hacer tasajos y salazones por el elevado grado de humedad.
En algunas localidades como Pola de Siero, con tradición de carniceros porque tuvieron carta puebla, o sea, derecho a celebrar mercado sin necesidad de autorización eclesiástica, desde 1270 (http://www.pepeiglesias.net/op1.php?IDCAT=88&IDFICHA=1740) y tenían mataderos para abastecer a los nobles y clérigos de la capital, se comían las entrañas que no se vendían y así presumían de ser parada y fonda de tratantes y arrieros que sabían que su escudilla, además de garbanzos y nabos, rebosaría de la grasa que mollejas, pezuñas, riñones y sesos, soltaban durante la cocción.
¿Es eso gastronomía?
Con perdón de mis paisanos, yo creo que no. Un pueblo hambriento, que desprecia la oferta micológica más importante de Europa, bien sea por superstición, bien por prohibiciones religiosas, es un pueblo que no valora las delicias de la buena mesa.
Hace apenas veinte años, un servidor daba charlas sobre el tema y la gente me miraba con verdadero recelo: las setas seguían siendo comida de serpientes y armas del diablo, que quién juegue con ellas, tarde o temprano terminará mal.
Podía recorrer bosques y praderías recolectando cantidades ingentes de boletus, cesáreas, níscalos, rebozuelos, bejines, champiñones y cien variedades más. A mediados de los noventa empezaron a llegar comerciantes catalanes que enseñaron a los paisanos a distinguir los boletos, níscalos y rebozuelos, para exportarlos a Italia, Francia y Austria. Hoy pinares y prados lucen carteles de prohibición de acceso y como te pillen con un cesto de perrechicos, te pinchan las ruedas del coche o incluso te pueden moler a palos, porque hay pueblos enteros que viven casi de las setas ¡Y hasta hace diez años ni se tocaban!
¿A cuento de qué toda esta monserga? Pues para situarnos socialmente, porque si les digo de sopetón que la cocina asturiana empezó en el siglo XX con la llegada de los indianos, mañana habrá cien ilustres apellidos asturianos clamando hoguera para este hereje que les cuenta, con todo cariño, aunque parezca lo contrario, la verdadera historia de la cocina de su tierra.
















Cocina de indianos.
Como he comentado, en Asturias, salvo cuatro familias nobles y cinco frailes de curia que comían carne, huevos y dulces a diario, el pueblo sobrevivía con lo que hubiese en la pota, que, dicho sea de paso, era tan ralo, que apenas si podía mantener en pie a un ser humano que tuviese que pastorear de sol a sol un ganado que era del amo y a quién poco le importaba que sus aparceros apenas tuviesen tierras que labrar, porque para su mesa, con lo que cobraban, tenían bastante.
Mi abuelo Pepe, como otros tantos, salió un día de su Villalegre natal con unas botas que su madre le había comprado como única dote y que llevaba colgadas del cuello para que no se gastasen antes de llegar a Méjico, donde tenía que presentarse ante un tío lejano que le daría trabajo en su colmado.
Lo que hizo no lo sé, ni me importa, ni menos aún viene al caso de esta historia, lo que cuenta es que amasó una colosal fortuna y así, convertido en indiano, volvió a su querida Asturias para buscar esposa.
No lo hizo a su aldea avilesina porque los recuerdos de la miseria eran aún tan profundos que jamás volvió a pisar su valle. Fue a Cangas de Onís, villa distinguida que alguna vez fuera la primera capital de la España cristiana y donde se decía que residían las señoritas casaderas más finas y distinguidas del principado.
Aquellas mujercitas habían sido sabiamente adiestradas para ser esposas modélicas para un rico indiano. Hablaban francés, sabían leer y escribir, tocar el piano y sobre todo cocinar.
Una vez casados, antes de volver a América, hacían su luna de miel en París, donde durante tres o cuatro meses, compraban antigüedades, visitaban teatros y, sobre todo, disfrutaban de la que era, sin la menor duda, la mejor cocina del mundo.
Durante aquellos tres meses de brutal despilfarro, la esposa, en este caso mi abuela Cari, aprendía a preparar soufflés, volovanes, quiches, bisques, civets, vichysoisses y todo tipo de delicatessens con las que, en el lejano nuevo continente, poder hacer feliz a un esposo nuevo rico.
Al cabo de cuatro o cinco años, la joven esposa, ya madre de tres o cuatro hijos (tres en mi caso), empezaba a deprimirse por no poder compartir tanta riqueza con sus seres queridos de la infancia y así, día a día, mes a mes, iba convenciendo a su indiano para volver, aunque solo fuesen unos meses.
Tengan en cuenta que no había aviones, por lo que el viajecito suponía más de un mes de traslados, lo que con niños y tres o cuatro criados fieles, era toda una expedición.
Ya en el pueblín, como primera medida había que construir una mansión (merece la pena hacer una visita a las casonas asturianas porque son verdaderos palacios), con lo que el plan de mi abuela, como el de tantas otras, estaba cristalizado: “Por Dios Pepe, le diría a mi abuelo, con esta casa tan guapa, como vamos a volver a Tampico con los críos, que no tienen ni donde estudiar, ni un mal hospital donde llevarlos si cogen las paperas” y así mi abuelo, como tantos otros, volvía solo al origen de su fortuna para cerrar los negocios, dejando al frente a un administrador que poco a poco se iría apoderando de lo que quedase.
Y aquí entroncamos con la cocina.
Estamos a principios del siglo XX y una nueva clase social acaba de nacer, la burguesía.
En Francia ya llevaba años implantada, incluso dirigiendo los rumbos del país, pero en Asturias, como en casi el resto de España, era incipiente, limitada a algunos núcleos urbanos.
Pero en Asturias, los indianos lo iban a cambiar todo.
Casi todos aprendieron a leer y escribir en su emigración y muchos de ellos se cultivaron en el seno de la masonería, por lo que, de regreso a su Asturias, se convertían en filántropos que levantaban escuelas, hospitales, geriátricos, en incluso iglesias, como la de nueva de Cangas, que la pagó D. Constantino González, coleguilla de la peña de mi abuelo.
Aunque cueste creerlo, durante los cuatro o cinco meses que duraba el veraneo (la mayoría fijaban su residencia habitual en Madrid u Oviedo), la vida social era intensísima y, salvo el día que había fiesta en casa de algún indiano amigo, raro era que en la mesa no hubiese más de una veintena de comensales, entre los de la propia familiares, y los satélites a los que se invitaba, quizás por humanidad, quizás como ostentación de riqueza.
Pero lo importante es que cada casa era un verdadero comedor de lujo, un tres estrellas Michelin, si por aquel entonces hubiese tal distinción y si sus puertas estuvieran abiertas al público.
Tengan en cuenta que, hasta los años sesenta, en España, salvo dos o tres comedores de lujo en Madrid, Barcelona o alguna contada capital de provincia, la oferta hostelera se limitaba a simples posadas, ni por asomo había un rasgo de elegancia.
Pero en las casas burguesas, sí se cocinaba de lindo, incluso varios platos en cada servicio.
La cocina aprendida en su periodo de juventud, simple pero sabrosa, la parisina incorporada al recetario particular durante el viaje de novios y, esto es muy importante, la mestiza, que tuvo que realizar durante los años de emigración, configuraban un ramillete formidable que, poco a poco, se iba implantando en las costumbres locales, por lo que no es de extrañar que en aquellos manuscritos domésticos que con tanto celo buscamos los historiadores gastronómicos, aparezcan platos con aguacate, caqui, chiles o epazote, ingredientes que no se conocieron en el resto de España hasta los años ochenta, pero que eran comunes en estos valles, porque el indiano había plantado, junto a la pareja de palmeras que identificaba su casa como tal, un aguacate, un caqui y un huerto con chiles jalapeños, en recuerdo a aquellos años de hambre que pasó en su exilio antes de hacerse rico.
Platos tan de moda hoy día por su rareza, como las verdinas, proceden del Puy de Dôme, quizás porque la indiana pasó su luna de miel en Clermont Ferrand. Se trata de unas judías finísimas de color verde (ojo, no verdes de maduración, sino de color, como las pintas son moradas o los fríjoles, negros), que se preparaban solo en la zona Llanes con ternera, pero que desde hace un lustro (no voy a contar el motivo porque me concierne demasiado), se preparan hasta en Luarca, por cierto con mucho acierto en Casa Consuelo, con matanza, langostinos, almejas, nécoras o lo que pille la inspiración del cocinero.
Tengan en cuenta que por aquellos años, París era la capital del mundo y si la cultura francesa les fascinó hasta el extremo de que todas sus casas eran replicas más o menos afortunadas de la arquitectura francesa de la época, pues qué no admirarían de su cocina, cuando habían sido testigos directos del buen hacer de las grandes estrellas, nombres que aún se conservan en el firmamento de la historia de la hostelería mundial, como fue Escoffier y su entorno, Ritz, Carlton, Le Grand Véfour (este estuvo cerrado de 1905 a 1947, pero alguien lo conocería), la Tour d’Argent, Maxim’s, etc.
Y este conglomerado de culturas fue el que, a principios del siglo XX y finales del XIX, entró como una locomotora por los hasta entonces tristes valles asturianos donde apenas sí se oían las campanas de llamada a rezo, las esquilas de las vacas y algún que otro juramento, que de eso nunca estuvimos faltos.
Aldeas remotas como Somao, Malleza o cualquiera de los concejos de Llanes, Parres, o Cangas de Onís, de pronto se vieron invadidas de lujosos coches automóviles y mansiones que te hacían dudar entre si estabas en la Habana, el París de las Américas, o el propio Versalles.
Playas desiertas como Ribadesella, se llenaron de fastuosos palacetes con exóticas palmeras y frutales a cual más sofisticado.
Asturias había renacido y se había convertido en un pastel, delicioso por cierto.
He aquí algunos de las más controvertidos platos de esta nueva cultura.
La Fabada
Antes cité de pasada el plato más asturiano, el más típico, el histórico ¿Histórico?
Bueno, seamos serios.
La primera referencia que hay sobre su existencia se debe a Julio Camba en su libro 'La Casa de Lúculo' donde nos comenta que, tras probarla en el chalet de D. Melquíades Álvarez en Somió, casi ingresa en el partido reformista. Hablamos de 1937.
A pesar de no ser hombre comedido, el maestro Camba no se atreve a afirmar nada, pero sí hace un guiño al apuntar que la Fabada es como “el cassoulet de Toulouse, aunque le falte el pato”. Es decir, que para explicar en qué consiste el plato, tiene que hacer referencia al guiso francés.
En un librito de cocina recopilado por el RIDEA, fechado a finales del XIX, no existe mención alguna a la fabada, lo que sugiere que esta no es una simple mutación del pote, como sugieren algunos estudiosos, sino casi con certeza una adaptación del cassoulet, es decir, otro plato de indianos que nuestras abuelas cogieron de su viaje de bodas y en el que cambiaron las delicias de pato, por el tradicional compango asturiano de chorizo, morcilla, tocino y lacón, lo habitual de un pote para día festivo.
De hecho, tal y comenté antes, en Llanes es típica la fabada de verdinas, una verdadera delicia que hasta hace una década apenas si se podía probar por encargo en un par de chigres (en realidad eran casas particulares que daban comidas).
El maíz.
En el palacio de Casariego se conserva una arquita de cedro donde, según algunos (hay contratos de arriendo que confirman que ya en el siglo XVI se cultivaba en Asturias), en 1605 Gonzalo Méndez de Cancio y Donlebún, trajo el primer maíz a Europa.
Desde entonces este grano fue la salvación de miles de familias que veían como por fin podían disponer de algún cereal con que hacer panes.
Fue la panacea, porque con los tucos se macizaban los tabiques, con las hojas se rellenaban los colchones y con las cañas se hacía forraje. Hasta que su abuso provocó una de las mayores pandemias de nuestra historia, el Mal de la Rosa o pelagra, que en Francia se llegó a bautizar como lepra asturiensis.
En muchas zonas se consideró como castigo divino, sobre todo en el occidente donde se cobró miles de víctimas. Tal fue el descalabro, que dejó de consumirse y solo se hacía borona (pan de maíz) cuando las condiciones eran extremas.
Sin embargo los indianos comprobaron que debía haber algo más en aquel asunto, porque en sus respectivos países de emigración, los nativos comían tortillas, totopos y tamales, a todas horas y estaban sanos como robles, de modo que se aficionaron a su consumo y, de vuelta a su tierra, rara era la noche que no cenaban unos tortos con leche.
Un plato glorioso de nuestra cocina es el boronchu preñao, una especie de bomba desde el punto de vista nutricional, pero una tentación a la que no puedo resistirme aún a sabiendas de sus consecuencias.
Consiste en un bloque de borona relleno de chorizos, costilla, panceta, lacón, etc., que, previamente envuelto en hojas de castaño y prensado en una lata de membrillo (de las antiguas, ya saben, de 40cm de largo, por 25 de ancho y 20 de profundidad), se deja cocer muy lentamente al amor del hogar durante toda la noche. Es difícil describirlo, porque los aromas a pastelería que desprende la masa tostada, contrastan con la brutalidad de los aromas del compango y, una vez en boca, son tantos los matices y texturas que se pueden percibir, que yo creo que solo un poeta sería capaz de transmitirlo con toda su voluptuosidad.
Era comida de campo, de romería, de espicha, nada fino, pero golosina que nadie perdonaba por muy elegante que fuese su condición.
Hoy es muy difícil encontrar cocineras que lo hagan porque es laborioso y no es fácil encontrar harina de calidad. De hecho yo solo sé de un par de sitios donde la preparan, ambos en Cangas de Onís.
Los hojaldres.
Asturias cocinó siempre con mantequilla, manteca de vacas que se decía, ya que, al no haber olivares ni almazaras, el aceite era tan caro y escaso, que se reservaba exclusivamente para el aliño de ensaladas y escabeches.
Una de las aplicaciones más gloriosas de esta grasa es el hojaldre. Yo no recuerdo otro como el que preparaba mi abuela los domingos para hacer unos volovanes de marisco que aún se hace la boca agua, cuarenta años después.
La tradición hojaldrera se ha perdido. Los prefabricados han ganado la partida. Las margarinas se han llevado el gato al agua y ya no hay restaurantes ni pastelerías que pierdan su tiempo amasando esta gloria de la Humanidad (en Cangas de Onís hay una pastelería, Peñasanta, que aún prepara una empanada y un milhojas de morirse, pero cuando quiere), pero el hojaldre fue uno de los pilares de la cocina burguesa asturiana.
Hasta hace tan solo tres décadas, esta preparación era como esa asignatura llave que, como la suspendas, te cierra el paso para terminar la carrera.
Los escasos comedores de nivel que había en el principado, pero sobre todo las confiterías y las cocinas domésticas de las casas de bien, tenían toda una parafernalia para que sus hojaldre estuviesen a la altura que requerían sus anfitriones. Mármoles, rodillos, cedazos y sobre todo el savoir faire, eran mantenidos en el mayor secreto y hasta se hacían trampas entre las señoras, pasándose recetas falseadas para que Ramona no pudiese nunca lograr que sus volovanes fuesen tan etéreos como los de mi abuela, o para que los bocaditos de salmón que hacían en la confitería Merino (hoy cerrada), fuesen tan codiciados, que solo se vendían de uno en uno para que los clientes tuviesen que tomarse allí el vino. Mi padre, q.e.p.d., cuando llegábamos a Cangas, antes de visitar a su hermana Marina, ni tan siquiera subir el equipaje, lo primero que hacía era tomarse un par de hojaldritos de salmón en el Merino.
Y hablo de Cangas porque es lo que yo conocía, pero otro tanto se podría decir de Llanes, Luarca y por supuesto las grandes ciudades como Oviedo, Gijón o Avilés, porque esa cultura gastronómica, sobre todo la dulcera, no se quedaba en las casas de los indianos, sino que salía a la calle, a las pastelerías ya que, si bien apenas había restaurantes elegantes, los cafés y confiterías sí eran notables en cada villa, y era comentario habitual decir que en los milhojas de la Covadonga eran exquisitos porque en su obrador trabajaba Etelvina, que antaño sirviera en casa de los de Solís y allí aprendió las recetas del hojaldre de Dª Caridad y la del tocinillo de cielo de Balbina Gala, que tenían fama de ser los mejores desde Ribadesella hasta Cabrales y de Oviedo a Unquera.
Sidra, vino y otras bebidas.
Todos los documentos antiguos indican que en Asturias se comía con agua, leche o suero, porque el vino era privilegio de nobles y clérigos, e incluso la sidra solo se consumía en fiestas populares o celebraciones ya que el campesino la elaboraba para comerciar con ella.
Permítanme que deje un poco de lado el asunto del actual vino asturiano, llamado de Cangas, porque es un tema bastante escabroso y no quisiera cargar con ninguna responsabilidad cuando esto salte, porque muchas familias tengan que pagar, quién sabe si alguno con su vida, la irresponsabilidad de una administración que les animó a meterse en la boca del lobo.
La producción de vino en Asturias, se hacía precisamente por esas peculiaridades orográficas que describimos al principio. Traer vino de la meseta era tan ardua tarea, que el poco que llegaba debía hacerlo por mar y en muchos casos desde Francia, lo que hacía que fuese privilegio exclusivo de nobles y clérigos.
En la zona de Villaviciosa había notables plantaciones, pero a finales del XVIII, tanto las viñas como los cítricos (Asturias era la principal exportadora de naranjas y limones a Inglaterra ya que el flete suponía una cuarta parte que desde levante), fueron cambiadas por manzanos para la elaboración de sidra que Francia e Inglaterra demandaban, hasta el extremo de que el propio Jovellanos, denunciase semejante irresponsabilidad en su Informe sobre el expediente de la ley agraria (1794).
Por ello tan solo quedaron viñedos en las zonas más alejadas del mar, donde era necesario vinificar para el autoconsumo, y así se conservan aún viñedos prefiloxéricos en los concejos de Allande, Cangas de Nancea, Ibias y Tineo, con variedades autóctonas como la Albarín, Carrasquín y Verdejo Negra, aunque desde que se abrieron carreteras hacia León, prácticamente todo el vino se empezó a elaborar con uvas traídas de El Bierzo, algo absurdo porque sería más cómodo importar el vino en garrafas, pero por aquello de mantener la tradición, pues algunas casas mantenían sus lagos y prensas.
Por el contrario la sidra hizo furor en toda la región, principalmente en la zona central costera, Gijón y Villaviciosa, estableciendo una floreciente industria y un rentable comercio con la Bretaña francesa y el Reino Unido.
Sin embargo y a pesar de la incorporación de la botella, hasta hace apenas un par de décadas (incluso hoy), la sidra se considera bebida menor, casi como un refresco para el aperitivo o media tarde y, salvo pueblos sidreros como Gijón, Nava, o Villaviciosa, los bebedores de sidra eran mal considerados por la alta sociedad, gente de chigre (el chigre es el aparato sacacorchos típico de Asturias y por extensión así se llama también a los bares que venden sidra (http://www.pepeiglesias.net/op1.php?IDCAT=116&IDFICHA=931), por lo que no estaba presente en la mesa de los indianos, de hecho casi la bebían a escondidas, ese día que iban de paseo hasta alguna aldea, donde un familiar lejano invitaba al nuevo rico a sentarse a la sombra de un castaño para oírle aquellas anécdotas de su gesta que no se podían narrar en público y menos delante de la esposa y los hijos.
Como en las Americas tampoco era habitual el consumo de sidra y vino, Asturias no gozó de grandes bodegas sino más bien de estanterías donde se lucían vinos famosos, Vega Sicilia, Chateau Mouton y cosas por el estilo, en recuerdo de lo que se vio en Paris, pero apenas para su consumo.
Sí había por el contrario destilados inusuales en España, como el whisky, el tequila, el pisco y otras frecuentes en los respectivos países de acogida, sobre todo el ron, pero como generalmente el indiano rico había llegado a tal precisamente por su afición a la bebida sino más bien por todo lo contrario, pues en estas casas no estaba muy bien visto darle al frasco.
Gracias a Dios, esta lamentable deficiencia fue subsanada por las generaciones descendientes y por hoy Asturias es la región que cuenta con las mejores cartas de vinos de España y los asturianos gozamos de una más que merecida fama de ser el pueblo que más y mejor bebe, quizás del mundo. ¡hips!
Terminamos.
Comprenderán ustedes que el tema exige un libro entero, pero al menos estas cuatro pinceladas yo creo que esbozan el perfil de una cultura simpática, casi desconocida, con personajes aún vivos, aunque algunos confunden con raíces visigóticas. Salir de esta página

LA SIRENITA

LA SIRENITA
CARATULA

UNICO,SENSACIONAL

UNICO,SENSACIONAL
GANA CON LOS AÑOS

UN GRUPO QUE ME ENCANTA

UN GRUPO QUE ME ENCANTA
SUS LETRAS ME EMOCIONAN

ASTURIANO

ASTURIANO
NO PODIA SER DE OTRA MANERA

SEÑORA

SEÑORA
LA MAS GRANDE

una voz unica

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ROCIO JURADO LA MAS GRANDE

Playas de poniente

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estatua de Don Pelyo

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ELOGIO AL HORIZONTE

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