miércoles, 13 de febrero de 2008

PULPO A LA GALLEGA


Pulpo a la gallega
Una exquisita receta, sana, nutritiva y ligera para cuidarse disfrutando.. Abstenerse de su preparación personas excesivamente sensibles o pedir ayuda para golpear el pulpo.
Ingredientes de Pulpo a la gallega (6 personas):

1 pulpo de 1 K y medio 2 hojas de laurel 3 dientes de ajo 1 cucharada colmada de pimentón picante o dulce, según el gusto

3-4 cucharadas de aceite de oliva que sea muy sabroso
1 cucharada de sal gorda sal Preparación de la receta:
Paso 1: Lavar bien el pulpo y golpearlo repetidamente con el rodillo, un martillo grueso, etc
Paso 2: Hervir agua en una olla grande con unos 2 litros y medio de agua.
Paso 3: Agregar el laurel, sal y el ajo, y llevar a ebullición.
Paso 4: Cuando hierva el agua, echar el pulpo y dejar cocinarse 50 minutos.
Paso 5: Sacar, escurrir y cortar el pulpo en trocitos pequeños y colocar en un cuenco grande o fuente tipo ensaladera.
Paso 6: Espolvorearle la sal gorda y verter sobre él el pimentón mezclado con el aceite.
Paso 7: Hacer que el pulpo se embadurne bien del aceite y dejarlo macerándose 1 hora al menos.
Paso 8: Servir en una tabla redonda de madera con canal o tope.

Variantes y trucos de la receta.

El pulpo se puede comprar congelado y no hay entonces que golpearlo tanto. Para limpiarlo, hay que darle la vuelta a la cabeza. El mejor recipiente para hervir un pulpo es un puchero de cobre, hasta el punto, de que mucha gente que no dispone de olla de cobre introduce alguna pieza de cobre para que el pulpo adquiera su sabor característico. La mejor forma de acompañar un pulpo a la gallega son unas patatas hervidas en el mismo caldo del pulpo y condimentadas con aceite, pimentón y sal gorda.
Recetas relacionadas con pulpo a la gallega:
Receta de Pulpo à Feira Recetas Gallegas Pulpo con Patatines Consejos cocinar pescado # # Comprar pescado en el mercado
Diccionario de Cocina, Gastronomía y Alimentación Alimentación Alimentación y salud Ventajas del pescado para la salud El pescado de España: fuente de salud Productos de temporada

martes, 12 de febrero de 2008

MESA DE INDIANOS O LA VERDADERA HISTORIA DE LA COCINA ASTURIANA



* En Asturias llamamos indianos a los emigrantes que a finales del siglo XIX y principios del XX, fueron a América (Cuba, Méjico, y Chile, principalmente) y volvieron inmensamente ricos. En la zona occidental, Cudillero, Luarca, Malleza, Pravia, Somao, etc., se les llama Americanos, porque el vocablo Indiano se conserva, para los primeros pobladores que fueron a colonizar las Indias, generalmente sacerdotes, militares y funcionarios de la corona, quienes recibieron a cambio de sus servicios grandes haciendas, latifundios que se conservaron por generaciones prácticamente hasta nuestros días.
Tantos libros se han publicado hasta la fecha con el título de Historia de la Cocina, que ya me da apuro cumplir con el compromiso de un proyecto que inicié hace más de diez años, pero que ahora aprovecho esta auténtica cátedra digital, para contarles la curiosa génesis de lo que hoy se da en llamar Gastronomía asturiana (pueden cambiar asturiana por gallega, cántabra o incluso vasca, porque hay más parecidos que diferencias) y que no pocos pedantes pseudos eruditos, pretenden remontar a las gestas de D. Pelayo, cuando en realidad en estos valles no se comió fabada hasta después de la guerra civil española.
Antes de entrar en materia conviene situarnos geográfica y orográficamente, porque nadie en sus cabales podría de otro modo concebir que Asturias tuviese más contacto comercial, y por tanto cultural y social, con Inglaterra o Francia, que con la vecina Castilla, por eso les daré una pincelada sobre la materia.
Asturias, tierras de valles.
No voy a remontarme a los escritos de Plinio, ni siquiera a las famosas cartas de viajes de Jovellanos, simplemente les diré que yo no conocí el pueblo que un día sería mi residencia, Castropol, hasta los años ochenta, porque ir desde mi querida Cangas de Onís, hasta el valle del Eo, suponía sus buenas siete u ocho horas de coche.
En los cincuenta, eso bien podría suponer el doble, lo que significaría un día entero, y en siglo XIX, lo que históricamente es como decir ayer por la mañana, lo más rápido y seguro era hacerlo en barco, ya que no había servicio directo de diligencias que no obligase a pernoctar un par de noches.
Y digo barco como quién no le da importancia, pero nadie que no haya navegado por el Cantábrico sabe lo que significa costear por estas aguas, porque con buena mar, las cien millas que separan Llanes de Figueras, se harían en un día, pero con el tiempo torpe …
Eso señala que Asturias tuvo siempre una cultura muy endogámica, cada cual vivía en su valle y apenas si salía alguna vez en su vida a alguno que fuese el vecino o, como mucho, a la capital para algún asunto administrativo.
Pero eso no era nada comparado con la barrera que nos separaba del resto de la península, porque los pocos pasos que la cordillera tiene para acceder a la meseta, hasta el siglo XX fueron de herradura, por lo que personas y mercancías tenían que viajar a lomos de mulos, porque no había tan siquiera carros con los que cruzar …, y eso, durante los cuatro o cinco meses de verano en que la nieve no los cerraba, porque el resto del año, Asturias era una verdadera isla.
Hasta el siglo XIX en que Alfonso XIII inauguró el ferrocarril de Pajares, salvo intercambios puntuales de poblados limítrofes de la montaña, todo el comercio se realizaba por mar y claro, ya puestos, entre llevar avellanas a Cádiz para su posterior transporte a Madrid o llevarlas a Brighton, El Havre, o Lorient, pues imagínense.
Solo teniendo en cuenta esta situación, podremos comprender como sucedieron los acontecimiento que a continuación les vamos a narrar.
El hambre no es cultura.
La mayoría de esos intelectuales de aldea a que me refería antes, se empeñan en convencernos de que nuestra cocina tiene raíces centenarias, lo cual es una solemne estupidez porque hasta casi el siglo XX, nuestros pueblos comían lo que hubiese …, y gracias.
Un par de datos.
En el libro A journey through Spain, el reverendo Townsend se quejaba que a su entrada en Asturias por Somiedo, en la Pola, no encontró “ni pan, ni carne, ni huevos, ni vino”. Sin embargo, a cuatro leguas, en San Andrés de Agüera, el párroco le dio refugio en la casa rectoral y allí pudo disfrutar de una merienda de chocolate con bizcochos y para la cena, “jugosas aves y buen vino”.
Hasta bien entrado el siglo XX (en Asturias la Desamortización de Mendizábal apenas tuvo consecuencias), el 75% de los terrenos cultivables pertenecían a la Iglesia y el 90% de la población eran campesinos. Dice Jovellanos: “Los mayorazgos y los monasterios e iglesias son casi los únicos propietarios de Asturias”. Dice Juan Bautista Loustau (1786): “Las tierras no producen competente cantidad de granos para el preciso mantenimiento de aquel gentío. Cada uno come las hortalizas que puede cultivar con extraordinario trabajo. El aceite es casi desconocido en las aldeas o barrios de 10, 20 o 30 casas. Allí no se encuentra carne fresca, sirviéndose de cecina salada que cada uno mata al por mayor para todo el año.” Y José Antonio de Cepeda, regente de la Audiencia de Oviedo, en su informe al rey de 1711: “Los que las habitan, cultivan y en ellas crían, es gran número de familias, tan pobres que en los años más fértiles, casi no prueban el pan, carne, ni vino y se alimentan con leche, mijo, fabas, castañas y otros frutos silvestres”
La pota o pote, era el eje sobre el que gravitaba la vida familiar. Un gran caldero con tres patas, que reposaba día tras día en el lar, más o menos lleno de agua y al que se añadía lo que buenamente Dios proveyese.
Antes de que los romanos trajesen los castaños, serían bellotas, después de Colón, judías y maíz y a partir de Napoleón, patatas.
Eso, como ingrediente de contundencia, hidratos de carbono, como proteína, algo de caza, trozos de matanza que se racionaban con mimo hasta que el enranciamiento de la grasa los hacía incomestibles y, cuando moría alguna vaca de parto o había que sacrificarla por que se hubiese despeñado, pues fiesta para toda la aldea porque comían carne hasta reventar durante dos o tres días, ya que, salvo las zonas más altas y frías, casi deshabitadas, en el resto era difícil hacer tasajos y salazones por el elevado grado de humedad.
En algunas localidades como Pola de Siero, con tradición de carniceros porque tuvieron carta puebla, o sea, derecho a celebrar mercado sin necesidad de autorización eclesiástica, desde 1270 (http://www.pepeiglesias.net/op1.php?IDCAT=88&IDFICHA=1740) y tenían mataderos para abastecer a los nobles y clérigos de la capital, se comían las entrañas que no se vendían y así presumían de ser parada y fonda de tratantes y arrieros que sabían que su escudilla, además de garbanzos y nabos, rebosaría de la grasa que mollejas, pezuñas, riñones y sesos, soltaban durante la cocción.
¿Es eso gastronomía?
Con perdón de mis paisanos, yo creo que no. Un pueblo hambriento, que desprecia la oferta micológica más importante de Europa, bien sea por superstición, bien por prohibiciones religiosas, es un pueblo que no valora las delicias de la buena mesa.
Hace apenas veinte años, un servidor daba charlas sobre el tema y la gente me miraba con verdadero recelo: las setas seguían siendo comida de serpientes y armas del diablo, que quién juegue con ellas, tarde o temprano terminará mal.
Podía recorrer bosques y praderías recolectando cantidades ingentes de boletus, cesáreas, níscalos, rebozuelos, bejines, champiñones y cien variedades más. A mediados de los noventa empezaron a llegar comerciantes catalanes que enseñaron a los paisanos a distinguir los boletos, níscalos y rebozuelos, para exportarlos a Italia, Francia y Austria. Hoy pinares y prados lucen carteles de prohibición de acceso y como te pillen con un cesto de perrechicos, te pinchan las ruedas del coche o incluso te pueden moler a palos, porque hay pueblos enteros que viven casi de las setas ¡Y hasta hace diez años ni se tocaban!
¿A cuento de qué toda esta monserga? Pues para situarnos socialmente, porque si les digo de sopetón que la cocina asturiana empezó en el siglo XX con la llegada de los indianos, mañana habrá cien ilustres apellidos asturianos clamando hoguera para este hereje que les cuenta, con todo cariño, aunque parezca lo contrario, la verdadera historia de la cocina de su tierra.
Cocina de indianos.
Como he comentado, en Asturias, salvo cuatro familias nobles y cinco frailes de curia que comían carne, huevos y dulces a diario, el pueblo sobrevivía con lo que hubiese en la pota, que, dicho sea de paso, era tan ralo, que apenas si podía mantener en pie a un ser humano que tuviese que pastorear de sol a sol un ganado que era del amo y a quién poco le importaba que sus aparceros apenas tuviesen tierras que labrar, porque para su mesa, con lo que cobraban, tenían bastante.
Mi abuelo Pepe, como otros tantos, salió un día de su Villalegre natal con unas botas que su madre le había comprado como única dote y que llevaba colgadas del cuello para que no se gastasen antes de llegar a Méjico, donde tenía que presentarse ante un tío lejano que le daría trabajo en su colmado.
Lo que hizo no lo sé, ni me importa, ni menos aún viene al caso de esta historia, lo que cuenta es que amasó una colosal fortuna y así, convertido en indiano, volvió a su querida Asturias para buscar esposa.
No lo hizo a su aldea avilesina porque los recuerdos de la miseria eran aún tan profundos que jamás volvió a pisar su valle. Fue a Cangas de Onís, villa distinguida que alguna vez fuera la primera capital de la España cristiana y donde se decía que residían las señoritas casaderas más finas y distinguidas del principado.
Aquellas mujercitas habían sido sabiamente adiestradas para ser esposas modélicas para un rico indiano. Hablaban francés, sabían leer y escribir, tocar el piano y sobre todo cocinar.
Una vez casados, antes de volver a América, hacían su luna de miel en París, donde durante tres o cuatro meses, compraban antigüedades, visitaban teatros y, sobre todo, disfrutaban de la que era, sin la menor duda, la mejor cocina del mundo.
Durante aquellos tres meses de brutal despilfarro, la esposa, en este caso mi abuela Cari, aprendía a preparar soufflés, volovanes, quiches, bisques, civets, vichysoisses y todo tipo de delicatessens con las que, en el lejano nuevo continente, poder hacer feliz a un esposo nuevo rico.
Al cabo de cuatro o cinco años, la joven esposa, ya madre de tres o cuatro hijos (tres en mi caso), empezaba a deprimirse por no poder compartir tanta riqueza con sus seres queridos de la infancia y así, día a día, mes a mes, iba convenciendo a su indiano para volver, aunque solo fuesen unos meses.
Tengan en cuenta que no había aviones, por lo que el viajecito suponía más de un mes de traslados, lo que con niños y tres o cuatro criados fieles, era toda una expedición.
Ya en el pueblín, como primera medida había que construir una mansión (merece la pena hacer una visita a las casonas asturianas porque son verdaderos palacios), con lo que el plan de mi abuela, como el de tantas otras, estaba cristalizado: “Por Dios Pepe, le diría a mi abuelo, con esta casa tan guapa, como vamos a volver a Tampico con los críos, que no tienen ni donde estudiar, ni un mal hospital donde llevarlos si cogen las paperas” y así mi abuelo, como tantos otros, volvía solo al origen de su fortuna para cerrar los negocios, dejando al frente a un administrador que poco a poco se iría apoderando de lo que quedase.
Y aquí entroncamos con la cocina.
Estamos a principios del siglo XX y una nueva clase social acaba de nacer, la burguesía.
En Francia ya llevaba años implantada, incluso dirigiendo los rumbos del país, pero en Asturias, como en casi el resto de España, era incipiente, limitada a algunos núcleos urbanos.
Pero en Asturias, los indianos lo iban a cambiar todo.
Casi todos aprendieron a leer y escribir en su emigración y muchos de ellos se cultivaron en el seno de la masonería, por lo que, de regreso a su Asturias, se convertían en filántropos que levantaban escuelas, hospitales, geriátricos, en incluso iglesias, como la de nueva de Cangas, que la pagó D. Constantino González, coleguilla de la peña de mi abuelo.
Aunque cueste creerlo, durante los cuatro o cinco meses que duraba el veraneo (la mayoría fijaban su residencia habitual en Madrid u Oviedo), la vida social era intensísima y, salvo el día que había fiesta en casa de algún indiano amigo, raro era que en la mesa no hubiese más de una veintena de comensales, entre los de la propia familiares, y los satélites a los que se invitaba, quizás por humanidad, quizás como ostentación de riqueza.
Pero lo importante es que cada casa era un verdadero comedor de lujo, un tres estrellas Michelin, si por aquel entonces hubiese tal distinción y si sus puertas estuvieran abiertas al público.
Tengan en cuenta que, hasta los años sesenta, en España, salvo dos o tres comedores de lujo en Madrid, Barcelona o alguna contada capital de provincia, la oferta hostelera se limitaba a simples posadas, ni por asomo había un rasgo de elegancia.
Pero en las casas burguesas, sí se cocinaba de lindo, incluso varios platos en cada servicio.
La cocina aprendida en su periodo de juventud, simple pero sabrosa, la parisina incorporada al recetario particular durante el viaje de novios y, esto es muy importante, la mestiza, que tuvo que realizar durante los años de emigración, configuraban un ramillete formidable que, poco a poco, se iba implantando en las costumbres locales, por lo que no es de extrañar que en aquellos manuscritos domésticos que con tanto celo buscamos los historiadores gastronómicos, aparezcan platos con aguacate, caqui, chiles o epazote, ingredientes que no se conocieron en el resto de España hasta los años ochenta, pero que eran comunes en estos valles, porque el indiano había plantado, junto a la pareja de palmeras que identificaba su casa como tal, un aguacate, un caqui y un huerto con chiles jalapeños, en recuerdo a aquellos años de hambre que pasó en su exilio antes de hacerse rico.
Platos tan de moda hoy día por su rareza, como las verdinas, proceden del Puy de Dôme, quizás porque la indiana pasó su luna de miel en Clermont Ferrand. Se trata de unas judías finísimas de color verde (ojo, no verdes de maduración, sino de color, como las pintas son moradas o los fríjoles, negros), que se preparaban solo en la zona Llanes con ternera, pero que desde hace un lustro (no voy a contar el motivo porque me concierne demasiado), se preparan hasta en Luarca, por cierto con mucho acierto en Casa Consuelo, con matanza, langostinos, almejas, nécoras o lo que pille la inspiración del cocinero.
Tengan en cuenta que por aquellos años, París era la capital del mundo y si la cultura francesa les fascinó hasta el extremo de que todas sus casas eran replicas más o menos afortunadas de la arquitectura francesa de la época, pues qué no admirarían de su cocina, cuando habían sido testigos directos del buen hacer de las grandes estrellas, nombres que aún se conservan en el firmamento de la historia de la hostelería mundial, como fue Escoffier y su entorno, Ritz, Carlton, Le Grand Véfour (este estuvo cerrado de 1905 a 1947, pero alguien lo conocería), la Tour d’Argent, Maxim’s, etc.
Y este conglomerado de culturas fue el que, a principios del siglo XX y finales del XIX, entró como una locomotora por los hasta entonces tristes valles asturianos donde apenas sí se oían las campanas de llamada a rezo, las esquilas de las vacas y algún que otro juramento, que de eso nunca estuvimos faltos.
Aldeas remotas como Somao, Malleza o cualquiera de los concejos de Llanes, Parres, o Cangas de Onís, de pronto se vieron invadidas de lujosos coches automóviles y mansiones que te hacían dudar entre si estabas en la Habana, el París de las Américas, o el propio Versalles.
Playas desiertas como Ribadesella, se llenaron de fastuosos palacetes con exóticas palmeras y frutales a cual más sofisticado.
Asturias había renacido y se había convertido en un pastel, delicioso por cierto.
He aquí algunos de las más controvertidos platos de esta nueva cultura.
La Fabada
Antes cité de pasada el plato más asturiano, el más típico, el histórico ¿Histórico?
Bueno, seamos serios.
La primera referencia que hay sobre su existencia se debe a Julio Camba en su libro 'La Casa de Lúculo' donde nos comenta que, tras probarla en el chalet de D. Melquíades Álvarez en Somió, casi ingresa en el partido reformista. Hablamos de 1937.
A pesar de no ser hombre comedido, el maestro Camba no se atreve a afirmar nada, pero sí hace un guiño al apuntar que la Fabada es como “el cassoulet de Toulouse, aunque le falte el pato”. Es decir, que para explicar en qué consiste el plato, tiene que hacer referencia al guiso francés.
En un librito de cocina recopilado por el RIDEA, fechado a finales del XIX, no existe mención alguna a la fabada, lo que sugiere que esta no es una simple mutación del pote, como sugieren algunos estudiosos, sino casi con certeza una adaptación del cassoulet, es decir, otro plato de indianos que nuestras abuelas cogieron de su viaje de bodas y en el que cambiaron las delicias de pato, por el tradicional compango asturiano de chorizo, morcilla, tocino y lacón, lo habitual de un pote para día festivo.
De hecho, tal y comenté antes, en Llanes es típica la fabada de verdinas, una verdadera delicia que hasta hace una década apenas si se podía probar por encargo en un par de chigres (en realidad eran casas particulares que daban comidas).
El maíz.
En el palacio de Casariego se conserva una arquita de cedro donde, según algunos (hay contratos de arriendo que confirman que ya en el siglo XVI se cultivaba en Asturias), en 1605 Gonzalo Méndez de Cancio y Donlebún, trajo el primer maíz a Europa.
Desde entonces este grano fue la salvación de miles de familias que veían como por fin podían disponer de algún cereal con que hacer panes.
Fue la panacea, porque con los tucos se macizaban los tabiques, con las hojas se rellenaban los colchones y con las cañas se hacía forraje. Hasta que su abuso provocó una de las mayores pandemias de nuestra historia, el Mal de la Rosa o pelagra, que en Francia se llegó a bautizar como lepra asturiensis.
En muchas zonas se consideró como castigo divino, sobre todo en el occidente donde se cobró miles de víctimas. Tal fue el descalabro, que dejó de consumirse y solo se hacía borona (pan de maíz) cuando las condiciones eran extremas.
Sin embargo los indianos comprobaron que debía haber algo más en aquel asunto, porque en sus respectivos países de emigración, los nativos comían tortillas, totopos y tamales, a todas horas y estaban sanos como robles, de modo que se aficionaron a su consumo y, de vuelta a su tierra, rara era la noche que no cenaban unos tortos con leche.
Un plato glorioso de nuestra cocina es el boronchu preñao, una especie de bomba desde el punto de vista nutricional, pero una tentación a la que no puedo resistirme aún a sabiendas de sus consecuencias.
Consiste en un bloque de borona relleno de chorizos, costilla, panceta, lacón, etc., que, previamente envuelto en hojas de castaño y prensado en una lata de membrillo (de las antiguas, ya saben, de 40cm de largo, por 25 de ancho y 20 de profundidad), se deja cocer muy lentamente al amor del hogar durante toda la noche. Es difícil describirlo, porque los aromas a pastelería que desprende la masa tostada, contrastan con la brutalidad de los aromas del compango y, una vez en boca, son tantos los matices y texturas que se pueden percibir, que yo creo que solo un poeta sería capaz de transmitirlo con toda su voluptuosidad.
Era comida de campo, de romería, de espicha, nada fino, pero golosina que nadie perdonaba por muy elegante que fuese su condición.
Hoy es muy difícil encontrar cocineras que lo hagan porque es laborioso y no es fácil encontrar harina de calidad. De hecho yo solo sé de un par de sitios donde la preparan, ambos en Cangas de Onís.
Los hojaldres.
Asturias cocinó siempre con mantequilla, manteca de vacas que se decía, ya que, al no haber olivares ni almazaras, el aceite era tan caro y escaso, que se reservaba exclusivamente para el aliño de ensaladas y escabeches.
Una de las aplicaciones más gloriosas de esta grasa es el hojaldre. Yo no recuerdo otro como el que preparaba mi abuela los domingos para hacer unos volovanes de marisco que aún se hace la boca agua, cuarenta años después.
La tradición hojaldrera se ha perdido. Los prefabricados han ganado la partida. Las margarinas se han llevado el gato al agua y ya no hay restaurantes ni pastelerías que pierdan su tiempo amasando esta gloria de la Humanidad (en Cangas de Onís hay una pastelería, Peñasanta, que aún prepara una empanada y un milhojas de morirse, pero cuando quiere), pero el hojaldre fue uno de los pilares de la cocina burguesa asturiana.
Hasta hace tan solo tres décadas, esta preparación era como esa asignatura llave que, como la suspendas, te cierra el paso para terminar la carrera.
Los escasos comedores de nivel que había en el principado, pero sobre todo las confiterías y las cocinas domésticas de las casas de bien, tenían toda una parafernalia para que sus hojaldre estuviesen a la altura que requerían sus anfitriones. Mármoles, rodillos, cedazos y sobre todo el savoir faire, eran mantenidos en el mayor secreto y hasta se hacían trampas entre las señoras, pasándose recetas falseadas para que Ramona no pudiese nunca lograr que sus volovanes fuesen tan etéreos como los de mi abuela, o para que los bocaditos de salmón que hacían en la confitería Merino (hoy cerrada), fuesen tan codiciados, que solo se vendían de uno en uno para que los clientes tuviesen que tomarse allí el vino. Mi padre, q.e.p.d., cuando llegábamos a Cangas, antes de visitar a su hermana Marina, ni tan siquiera subir el equipaje, lo primero que hacía era tomarse un par de hojaldritos de salmón en el Merino.
Y hablo de Cangas porque es lo que yo conocía, pero otro tanto se podría decir de Llanes, Luarca y por supuesto las grandes ciudades como Oviedo, Gijón o Avilés, porque esa cultura gastronómica, sobre todo la dulcera, no se quedaba en las casas de los indianos, sino que salía a la calle, a las pastelerías ya que, si bien apenas había restaurantes elegantes, los cafés y confiterías sí eran notables en cada villa, y era comentario habitual decir que en los milhojas de la Covadonga eran exquisitos porque en su obrador trabajaba Etelvina, que antaño sirviera en casa de los de Solís y allí aprendió las recetas del hojaldre de Dª Caridad y la del tocinillo de cielo de Balbina Gala, que tenían fama de ser los mejores desde Ribadesella hasta Cabrales y de Oviedo a Unquera.
Sidra, vino y otras bebidas.
Todos los documentos antiguos indican que en Asturias se comía con agua, leche o suero, porque el vino era privilegio de nobles y clérigos, e incluso la sidra solo se consumía en fiestas populares o celebraciones ya que el campesino la elaboraba para comerciar con ella.
Permítanme que deje un poco de lado el asunto del actual vino asturiano, llamado de Cangas, porque es un tema bastante escabroso y no quisiera cargar con ninguna responsabilidad cuando esto salte, porque muchas familias tengan que pagar, quién sabe si alguno con su vida, la irresponsabilidad de una administración que les animó a meterse en la boca del lobo.
La producción de vino en Asturias, se hacía precisamente por esas peculiaridades orográficas que describimos al principio. Traer vino de la meseta era tan ardua tarea, que el poco que llegaba debía hacerlo por mar y en muchos casos desde Francia, lo que hacía que fuese privilegio exclusivo de nobles y clérigos.
En la zona de Villaviciosa había notables plantaciones, pero a finales del XVIII, tanto las viñas como los cítricos (Asturias era la principal exportadora de naranjas y limones a Inglaterra ya que el flete suponía una cuarta parte que desde levante), fueron cambiadas por manzanos para la elaboración de sidra que Francia e Inglaterra demandaban, hasta el extremo de que el propio Jovellanos, denunciase semejante irresponsabilidad en su Informe sobre el expediente de la ley agraria (1794).
Por ello tan solo quedaron viñedos en las zonas más alejadas del mar, donde era necesario vinificar para el autoconsumo, y así se conservan aún viñedos prefiloxéricos en los concejos de Allande, Cangas de Nancea, Ibias y Tineo, con variedades autóctonas como la Albarín, Carrasquín y Verdejo Negra, aunque desde que se abrieron carreteras hacia León, prácticamente todo el vino se empezó a elaborar con uvas traídas de El Bierzo, algo absurdo porque sería más cómodo importar el vino en garrafas, pero por aquello de mantener la tradición, pues algunas casas mantenían sus lagos y prensas.
Por el contrario la sidra hizo furor en toda la región, principalmente en la zona central costera, Gijón y Villaviciosa, estableciendo una floreciente industria y un rentable comercio con la Bretaña francesa y el Reino Unido.
Sin embargo y a pesar de la incorporación de la botella, hasta hace apenas un par de décadas (incluso hoy), la sidra se considera bebida menor, casi como un refresco para el aperitivo o media tarde y, salvo pueblos sidreros como Gijón, Nava, o Villaviciosa, los bebedores de sidra eran mal considerados por la alta sociedad, gente de chigre (el chigre es el aparato sacacorchos típico de Asturias y por extensión así se llama también a los bares que venden sidra (http://www.pepeiglesias.net/op1.php?IDCAT=116&IDFICHA=931), por lo que no estaba presente en la mesa de los indianos, de hecho casi la bebían a escondidas, ese día que iban de paseo hasta alguna aldea, donde un familiar lejano invitaba al nuevo rico a sentarse a la sombra de un castaño para oírle aquellas anécdotas de su gesta que no se podían narrar en público y menos delante de la esposa y los hijos.
Como en las Americas tampoco era habitual el consumo de sidra y vino, Asturias no gozó de grandes bodegas sino más bien de estanterías donde se lucían vinos famosos, Vega Sicilia, Chateau Mouton y cosas por el estilo, en recuerdo de lo que se vio en Paris, pero apenas para su consumo.
Sí había por el contrario destilados inusuales en España, como el whisky, el tequila, el pisco y otras frecuentes en los respectivos países de acogida, sobre todo el ron, pero como generalmente el indiano rico había llegado a tal precisamente por su afición a la bebida sino más bien por todo lo contrario, pues en estas casas no estaba muy bien visto darle al frasco.
Gracias a Dios, esta lamentable deficiencia fue subsanada por las generaciones descendientes y por hoy Asturias es la región que cuenta con las mejores cartas de vinos de España y los asturianos gozamos de una más que merecida fama de ser el pueblo que más y mejor bebe, quizás del mundo. ¡hips!
Terminamos.
Comprenderán ustedes que el tema exige un libro entero, pero al menos estas cuatro pinceladas yo creo que esbozan el perfil de una cultura simpática, casi desconocida, con personajes aún vivos, aunque algunos confunden con raíces visigóticas.
Salir de esta página

_uacct = "UA-602686-1";
urchinTracker();






Mesa de Indianos*, o la verdadera historia de la cocina asturiana.
* En Asturias llamamos indianos a los emigrantes que a finales del siglo XIX y principios del XX, fueron a América (Cuba, Méjico, y Chile, principalmente) y volvieron inmensamente ricos. En la zona occidental, Cudillero, Luarca, Malleza, Pravia, Somao, etc., se les llama Americanos, porque el vocablo Indiano se conserva, para los primeros pobladores que fueron a colonizar las Indias, generalmente sacerdotes, militares y funcionarios de la corona, quienes recibieron a cambio de sus servicios grandes haciendas, latifundios que se conservaron por generaciones prácticamente hasta nuestros días.
Tantos libros se han publicado hasta la fecha con el título de Historia de la Cocina, que ya me da apuro cumplir con el compromiso de un proyecto que inicié hace más de diez años, pero que ahora aprovecho esta auténtica cátedra digital, para contarles la curiosa génesis de lo que hoy se da en llamar Gastronomía asturiana (pueden cambiar asturiana por gallega, cántabra o incluso vasca, porque hay más parecidos que diferencias) y que no pocos pedantes pseudos eruditos, pretenden remontar a las gestas de D. Pelayo, cuando en realidad en estos valles no se comió fabada hasta después de la guerra civil española.
Antes de entrar en materia conviene situarnos geográfica y orográficamente, porque nadie en sus cabales podría de otro modo concebir que Asturias tuviese más contacto comercial, y por tanto cultural y social, con Inglaterra o Francia, que con la vecina Castilla, por eso les daré una pincelada sobre la materia.
Asturias, tierras de valles.
No voy a remontarme a los escritos de Plinio, ni siquiera a las famosas cartas de viajes de Jovellanos, simplemente les diré que yo no conocí el pueblo que un día sería mi residencia, Castropol, hasta los años ochenta, porque ir desde mi querida Cangas de Onís, hasta el valle del Eo, suponía sus buenas siete u ocho horas de coche.
En los cincuenta, eso bien podría suponer el doble, lo que significaría un día entero, y en siglo XIX, lo que históricamente es como decir ayer por la mañana, lo más rápido y seguro era hacerlo en barco, ya que no había servicio directo de diligencias que no obligase a pernoctar un par de noches.
Y digo barco como quién no le da importancia, pero nadie que no haya navegado por el Cantábrico sabe lo que significa costear por estas aguas, porque con buena mar, las cien millas que separan Llanes de Figueras, se harían en un día, pero con el tiempo torpe …
Eso señala que Asturias tuvo siempre una cultura muy endogámica, cada cual vivía en su valle y apenas si salía alguna vez en su vida a alguno que fuese el vecino o, como mucho, a la capital para algún asunto administrativo.
Pero eso no era nada comparado con la barrera que nos separaba del resto de la península, porque los pocos pasos que la cordillera tiene para acceder a la meseta, hasta el siglo XX fueron de herradura, por lo que personas y mercancías tenían que viajar a lomos de mulos, porque no había tan siquiera carros con los que cruzar …, y eso, durante los cuatro o cinco meses de verano en que la nieve no los cerraba, porque el resto del año, Asturias era una verdadera isla.
Hasta el siglo XIX en que Alfonso XIII inauguró el ferrocarril de Pajares, salvo intercambios puntuales de poblados limítrofes de la montaña, todo el comercio se realizaba por mar y claro, ya puestos, entre llevar avellanas a Cádiz para su posterior transporte a Madrid o llevarlas a Brighton, El Havre, o Lorient, pues imagínense.
Solo teniendo en cuenta esta situación, podremos comprender como sucedieron los acontecimiento que a continuación les vamos a narrar.
El hambre no es cultura.
La mayoría de esos intelectuales de aldea a que me refería antes, se empeñan en convencernos de que nuestra cocina tiene raíces centenarias, lo cual es una solemne estupidez porque hasta casi el siglo XX, nuestros pueblos comían lo que hubiese …, y gracias.
Un par de datos.
En el libro A journey through Spain, el reverendo Townsend se quejaba que a su entrada en Asturias por Somiedo, en la Pola, no encontró “ni pan, ni carne, ni huevos, ni vino”. Sin embargo, a cuatro leguas, en San Andrés de Agüera, el párroco le dio refugio en la casa rectoral y allí pudo disfrutar de una merienda de chocolate con bizcochos y para la cena, “jugosas aves y buen vino”.
Hasta bien entrado el siglo XX (en Asturias la Desamortización de Mendizábal apenas tuvo consecuencias), el 75% de los terrenos cultivables pertenecían a la Iglesia y el 90% de la población eran campesinos. Dice Jovellanos: “Los mayorazgos y los monasterios e iglesias son casi los únicos propietarios de Asturias”. Dice Juan Bautista Loustau (1786): “Las tierras no producen competente cantidad de granos para el preciso mantenimiento de aquel gentío. Cada uno come las hortalizas que puede cultivar con extraordinario trabajo. El aceite es casi desconocido en las aldeas o barrios de 10, 20 o 30 casas. Allí no se encuentra carne fresca, sirviéndose de cecina salada que cada uno mata al por mayor para todo el año.” Y José Antonio de Cepeda, regente de la Audiencia de Oviedo, en su informe al rey de 1711: “Los que las habitan, cultivan y en ellas crían, es gran número de familias, tan pobres que en los años más fértiles, casi no prueban el pan, carne, ni vino y se alimentan con leche, mijo, fabas, castañas y otros frutos silvestres”
La pota o pote, era el eje sobre el que gravitaba la vida familiar. Un gran caldero con tres patas, que reposaba día tras día en el lar, más o menos lleno de agua y al que se añadía lo que buenamente Dios proveyese.
Antes de que los romanos trajesen los castaños, serían bellotas, después de Colón, judías y maíz y a partir de Napoleón, patatas.
Eso, como ingrediente de contundencia, hidratos de carbono, como proteína, algo de caza, trozos de matanza que se racionaban con mimo hasta que el enranciamiento de la grasa los hacía incomestibles y, cuando moría alguna vaca de parto o había que sacrificarla por que se hubiese despeñado, pues fiesta para toda la aldea porque comían carne hasta reventar durante dos o tres días, ya que, salvo las zonas más altas y frías, casi deshabitadas, en el resto era difícil hacer tasajos y salazones por el elevado grado de humedad.
En algunas localidades como Pola de Siero, con tradición de carniceros porque tuvieron carta puebla, o sea, derecho a celebrar mercado sin necesidad de autorización eclesiástica, desde 1270 (http://www.pepeiglesias.net/op1.php?IDCAT=88&IDFICHA=1740) y tenían mataderos para abastecer a los nobles y clérigos de la capital, se comían las entrañas que no se vendían y así presumían de ser parada y fonda de tratantes y arrieros que sabían que su escudilla, además de garbanzos y nabos, rebosaría de la grasa que mollejas, pezuñas, riñones y sesos, soltaban durante la cocción.
¿Es eso gastronomía?
Con perdón de mis paisanos, yo creo que no. Un pueblo hambriento, que desprecia la oferta micológica más importante de Europa, bien sea por superstición, bien por prohibiciones religiosas, es un pueblo que no valora las delicias de la buena mesa.
Hace apenas veinte años, un servidor daba charlas sobre el tema y la gente me miraba con verdadero recelo: las setas seguían siendo comida de serpientes y armas del diablo, que quién juegue con ellas, tarde o temprano terminará mal.
Podía recorrer bosques y praderías recolectando cantidades ingentes de boletus, cesáreas, níscalos, rebozuelos, bejines, champiñones y cien variedades más. A mediados de los noventa empezaron a llegar comerciantes catalanes que enseñaron a los paisanos a distinguir los boletos, níscalos y rebozuelos, para exportarlos a Italia, Francia y Austria. Hoy pinares y prados lucen carteles de prohibición de acceso y como te pillen con un cesto de perrechicos, te pinchan las ruedas del coche o incluso te pueden moler a palos, porque hay pueblos enteros que viven casi de las setas ¡Y hasta hace diez años ni se tocaban!
¿A cuento de qué toda esta monserga? Pues para situarnos socialmente, porque si les digo de sopetón que la cocina asturiana empezó en el siglo XX con la llegada de los indianos, mañana habrá cien ilustres apellidos asturianos clamando hoguera para este hereje que les cuenta, con todo cariño, aunque parezca lo contrario, la verdadera historia de la cocina de su tierra.
















Cocina de indianos.
Como he comentado, en Asturias, salvo cuatro familias nobles y cinco frailes de curia que comían carne, huevos y dulces a diario, el pueblo sobrevivía con lo que hubiese en la pota, que, dicho sea de paso, era tan ralo, que apenas si podía mantener en pie a un ser humano que tuviese que pastorear de sol a sol un ganado que era del amo y a quién poco le importaba que sus aparceros apenas tuviesen tierras que labrar, porque para su mesa, con lo que cobraban, tenían bastante.
Mi abuelo Pepe, como otros tantos, salió un día de su Villalegre natal con unas botas que su madre le había comprado como única dote y que llevaba colgadas del cuello para que no se gastasen antes de llegar a Méjico, donde tenía que presentarse ante un tío lejano que le daría trabajo en su colmado.
Lo que hizo no lo sé, ni me importa, ni menos aún viene al caso de esta historia, lo que cuenta es que amasó una colosal fortuna y así, convertido en indiano, volvió a su querida Asturias para buscar esposa.
No lo hizo a su aldea avilesina porque los recuerdos de la miseria eran aún tan profundos que jamás volvió a pisar su valle. Fue a Cangas de Onís, villa distinguida que alguna vez fuera la primera capital de la España cristiana y donde se decía que residían las señoritas casaderas más finas y distinguidas del principado.
Aquellas mujercitas habían sido sabiamente adiestradas para ser esposas modélicas para un rico indiano. Hablaban francés, sabían leer y escribir, tocar el piano y sobre todo cocinar.
Una vez casados, antes de volver a América, hacían su luna de miel en París, donde durante tres o cuatro meses, compraban antigüedades, visitaban teatros y, sobre todo, disfrutaban de la que era, sin la menor duda, la mejor cocina del mundo.
Durante aquellos tres meses de brutal despilfarro, la esposa, en este caso mi abuela Cari, aprendía a preparar soufflés, volovanes, quiches, bisques, civets, vichysoisses y todo tipo de delicatessens con las que, en el lejano nuevo continente, poder hacer feliz a un esposo nuevo rico.
Al cabo de cuatro o cinco años, la joven esposa, ya madre de tres o cuatro hijos (tres en mi caso), empezaba a deprimirse por no poder compartir tanta riqueza con sus seres queridos de la infancia y así, día a día, mes a mes, iba convenciendo a su indiano para volver, aunque solo fuesen unos meses.
Tengan en cuenta que no había aviones, por lo que el viajecito suponía más de un mes de traslados, lo que con niños y tres o cuatro criados fieles, era toda una expedición.
Ya en el pueblín, como primera medida había que construir una mansión (merece la pena hacer una visita a las casonas asturianas porque son verdaderos palacios), con lo que el plan de mi abuela, como el de tantas otras, estaba cristalizado: “Por Dios Pepe, le diría a mi abuelo, con esta casa tan guapa, como vamos a volver a Tampico con los críos, que no tienen ni donde estudiar, ni un mal hospital donde llevarlos si cogen las paperas” y así mi abuelo, como tantos otros, volvía solo al origen de su fortuna para cerrar los negocios, dejando al frente a un administrador que poco a poco se iría apoderando de lo que quedase.
Y aquí entroncamos con la cocina.
Estamos a principios del siglo XX y una nueva clase social acaba de nacer, la burguesía.
En Francia ya llevaba años implantada, incluso dirigiendo los rumbos del país, pero en Asturias, como en casi el resto de España, era incipiente, limitada a algunos núcleos urbanos.
Pero en Asturias, los indianos lo iban a cambiar todo.
Casi todos aprendieron a leer y escribir en su emigración y muchos de ellos se cultivaron en el seno de la masonería, por lo que, de regreso a su Asturias, se convertían en filántropos que levantaban escuelas, hospitales, geriátricos, en incluso iglesias, como la de nueva de Cangas, que la pagó D. Constantino González, coleguilla de la peña de mi abuelo.
Aunque cueste creerlo, durante los cuatro o cinco meses que duraba el veraneo (la mayoría fijaban su residencia habitual en Madrid u Oviedo), la vida social era intensísima y, salvo el día que había fiesta en casa de algún indiano amigo, raro era que en la mesa no hubiese más de una veintena de comensales, entre los de la propia familiares, y los satélites a los que se invitaba, quizás por humanidad, quizás como ostentación de riqueza.
Pero lo importante es que cada casa era un verdadero comedor de lujo, un tres estrellas Michelin, si por aquel entonces hubiese tal distinción y si sus puertas estuvieran abiertas al público.
Tengan en cuenta que, hasta los años sesenta, en España, salvo dos o tres comedores de lujo en Madrid, Barcelona o alguna contada capital de provincia, la oferta hostelera se limitaba a simples posadas, ni por asomo había un rasgo de elegancia.
Pero en las casas burguesas, sí se cocinaba de lindo, incluso varios platos en cada servicio.
La cocina aprendida en su periodo de juventud, simple pero sabrosa, la parisina incorporada al recetario particular durante el viaje de novios y, esto es muy importante, la mestiza, que tuvo que realizar durante los años de emigración, configuraban un ramillete formidable que, poco a poco, se iba implantando en las costumbres locales, por lo que no es de extrañar que en aquellos manuscritos domésticos que con tanto celo buscamos los historiadores gastronómicos, aparezcan platos con aguacate, caqui, chiles o epazote, ingredientes que no se conocieron en el resto de España hasta los años ochenta, pero que eran comunes en estos valles, porque el indiano había plantado, junto a la pareja de palmeras que identificaba su casa como tal, un aguacate, un caqui y un huerto con chiles jalapeños, en recuerdo a aquellos años de hambre que pasó en su exilio antes de hacerse rico.
Platos tan de moda hoy día por su rareza, como las verdinas, proceden del Puy de Dôme, quizás porque la indiana pasó su luna de miel en Clermont Ferrand. Se trata de unas judías finísimas de color verde (ojo, no verdes de maduración, sino de color, como las pintas son moradas o los fríjoles, negros), que se preparaban solo en la zona Llanes con ternera, pero que desde hace un lustro (no voy a contar el motivo porque me concierne demasiado), se preparan hasta en Luarca, por cierto con mucho acierto en Casa Consuelo, con matanza, langostinos, almejas, nécoras o lo que pille la inspiración del cocinero.
Tengan en cuenta que por aquellos años, París era la capital del mundo y si la cultura francesa les fascinó hasta el extremo de que todas sus casas eran replicas más o menos afortunadas de la arquitectura francesa de la época, pues qué no admirarían de su cocina, cuando habían sido testigos directos del buen hacer de las grandes estrellas, nombres que aún se conservan en el firmamento de la historia de la hostelería mundial, como fue Escoffier y su entorno, Ritz, Carlton, Le Grand Véfour (este estuvo cerrado de 1905 a 1947, pero alguien lo conocería), la Tour d’Argent, Maxim’s, etc.
Y este conglomerado de culturas fue el que, a principios del siglo XX y finales del XIX, entró como una locomotora por los hasta entonces tristes valles asturianos donde apenas sí se oían las campanas de llamada a rezo, las esquilas de las vacas y algún que otro juramento, que de eso nunca estuvimos faltos.
Aldeas remotas como Somao, Malleza o cualquiera de los concejos de Llanes, Parres, o Cangas de Onís, de pronto se vieron invadidas de lujosos coches automóviles y mansiones que te hacían dudar entre si estabas en la Habana, el París de las Américas, o el propio Versalles.
Playas desiertas como Ribadesella, se llenaron de fastuosos palacetes con exóticas palmeras y frutales a cual más sofisticado.
Asturias había renacido y se había convertido en un pastel, delicioso por cierto.
He aquí algunos de las más controvertidos platos de esta nueva cultura.
La Fabada
Antes cité de pasada el plato más asturiano, el más típico, el histórico ¿Histórico?
Bueno, seamos serios.
La primera referencia que hay sobre su existencia se debe a Julio Camba en su libro 'La Casa de Lúculo' donde nos comenta que, tras probarla en el chalet de D. Melquíades Álvarez en Somió, casi ingresa en el partido reformista. Hablamos de 1937.
A pesar de no ser hombre comedido, el maestro Camba no se atreve a afirmar nada, pero sí hace un guiño al apuntar que la Fabada es como “el cassoulet de Toulouse, aunque le falte el pato”. Es decir, que para explicar en qué consiste el plato, tiene que hacer referencia al guiso francés.
En un librito de cocina recopilado por el RIDEA, fechado a finales del XIX, no existe mención alguna a la fabada, lo que sugiere que esta no es una simple mutación del pote, como sugieren algunos estudiosos, sino casi con certeza una adaptación del cassoulet, es decir, otro plato de indianos que nuestras abuelas cogieron de su viaje de bodas y en el que cambiaron las delicias de pato, por el tradicional compango asturiano de chorizo, morcilla, tocino y lacón, lo habitual de un pote para día festivo.
De hecho, tal y comenté antes, en Llanes es típica la fabada de verdinas, una verdadera delicia que hasta hace una década apenas si se podía probar por encargo en un par de chigres (en realidad eran casas particulares que daban comidas).
El maíz.
En el palacio de Casariego se conserva una arquita de cedro donde, según algunos (hay contratos de arriendo que confirman que ya en el siglo XVI se cultivaba en Asturias), en 1605 Gonzalo Méndez de Cancio y Donlebún, trajo el primer maíz a Europa.
Desde entonces este grano fue la salvación de miles de familias que veían como por fin podían disponer de algún cereal con que hacer panes.
Fue la panacea, porque con los tucos se macizaban los tabiques, con las hojas se rellenaban los colchones y con las cañas se hacía forraje. Hasta que su abuso provocó una de las mayores pandemias de nuestra historia, el Mal de la Rosa o pelagra, que en Francia se llegó a bautizar como lepra asturiensis.
En muchas zonas se consideró como castigo divino, sobre todo en el occidente donde se cobró miles de víctimas. Tal fue el descalabro, que dejó de consumirse y solo se hacía borona (pan de maíz) cuando las condiciones eran extremas.
Sin embargo los indianos comprobaron que debía haber algo más en aquel asunto, porque en sus respectivos países de emigración, los nativos comían tortillas, totopos y tamales, a todas horas y estaban sanos como robles, de modo que se aficionaron a su consumo y, de vuelta a su tierra, rara era la noche que no cenaban unos tortos con leche.
Un plato glorioso de nuestra cocina es el boronchu preñao, una especie de bomba desde el punto de vista nutricional, pero una tentación a la que no puedo resistirme aún a sabiendas de sus consecuencias.
Consiste en un bloque de borona relleno de chorizos, costilla, panceta, lacón, etc., que, previamente envuelto en hojas de castaño y prensado en una lata de membrillo (de las antiguas, ya saben, de 40cm de largo, por 25 de ancho y 20 de profundidad), se deja cocer muy lentamente al amor del hogar durante toda la noche. Es difícil describirlo, porque los aromas a pastelería que desprende la masa tostada, contrastan con la brutalidad de los aromas del compango y, una vez en boca, son tantos los matices y texturas que se pueden percibir, que yo creo que solo un poeta sería capaz de transmitirlo con toda su voluptuosidad.
Era comida de campo, de romería, de espicha, nada fino, pero golosina que nadie perdonaba por muy elegante que fuese su condición.
Hoy es muy difícil encontrar cocineras que lo hagan porque es laborioso y no es fácil encontrar harina de calidad. De hecho yo solo sé de un par de sitios donde la preparan, ambos en Cangas de Onís.
Los hojaldres.
Asturias cocinó siempre con mantequilla, manteca de vacas que se decía, ya que, al no haber olivares ni almazaras, el aceite era tan caro y escaso, que se reservaba exclusivamente para el aliño de ensaladas y escabeches.
Una de las aplicaciones más gloriosas de esta grasa es el hojaldre. Yo no recuerdo otro como el que preparaba mi abuela los domingos para hacer unos volovanes de marisco que aún se hace la boca agua, cuarenta años después.
La tradición hojaldrera se ha perdido. Los prefabricados han ganado la partida. Las margarinas se han llevado el gato al agua y ya no hay restaurantes ni pastelerías que pierdan su tiempo amasando esta gloria de la Humanidad (en Cangas de Onís hay una pastelería, Peñasanta, que aún prepara una empanada y un milhojas de morirse, pero cuando quiere), pero el hojaldre fue uno de los pilares de la cocina burguesa asturiana.
Hasta hace tan solo tres décadas, esta preparación era como esa asignatura llave que, como la suspendas, te cierra el paso para terminar la carrera.
Los escasos comedores de nivel que había en el principado, pero sobre todo las confiterías y las cocinas domésticas de las casas de bien, tenían toda una parafernalia para que sus hojaldre estuviesen a la altura que requerían sus anfitriones. Mármoles, rodillos, cedazos y sobre todo el savoir faire, eran mantenidos en el mayor secreto y hasta se hacían trampas entre las señoras, pasándose recetas falseadas para que Ramona no pudiese nunca lograr que sus volovanes fuesen tan etéreos como los de mi abuela, o para que los bocaditos de salmón que hacían en la confitería Merino (hoy cerrada), fuesen tan codiciados, que solo se vendían de uno en uno para que los clientes tuviesen que tomarse allí el vino. Mi padre, q.e.p.d., cuando llegábamos a Cangas, antes de visitar a su hermana Marina, ni tan siquiera subir el equipaje, lo primero que hacía era tomarse un par de hojaldritos de salmón en el Merino.
Y hablo de Cangas porque es lo que yo conocía, pero otro tanto se podría decir de Llanes, Luarca y por supuesto las grandes ciudades como Oviedo, Gijón o Avilés, porque esa cultura gastronómica, sobre todo la dulcera, no se quedaba en las casas de los indianos, sino que salía a la calle, a las pastelerías ya que, si bien apenas había restaurantes elegantes, los cafés y confiterías sí eran notables en cada villa, y era comentario habitual decir que en los milhojas de la Covadonga eran exquisitos porque en su obrador trabajaba Etelvina, que antaño sirviera en casa de los de Solís y allí aprendió las recetas del hojaldre de Dª Caridad y la del tocinillo de cielo de Balbina Gala, que tenían fama de ser los mejores desde Ribadesella hasta Cabrales y de Oviedo a Unquera.
Sidra, vino y otras bebidas.
Todos los documentos antiguos indican que en Asturias se comía con agua, leche o suero, porque el vino era privilegio de nobles y clérigos, e incluso la sidra solo se consumía en fiestas populares o celebraciones ya que el campesino la elaboraba para comerciar con ella.
Permítanme que deje un poco de lado el asunto del actual vino asturiano, llamado de Cangas, porque es un tema bastante escabroso y no quisiera cargar con ninguna responsabilidad cuando esto salte, porque muchas familias tengan que pagar, quién sabe si alguno con su vida, la irresponsabilidad de una administración que les animó a meterse en la boca del lobo.
La producción de vino en Asturias, se hacía precisamente por esas peculiaridades orográficas que describimos al principio. Traer vino de la meseta era tan ardua tarea, que el poco que llegaba debía hacerlo por mar y en muchos casos desde Francia, lo que hacía que fuese privilegio exclusivo de nobles y clérigos.
En la zona de Villaviciosa había notables plantaciones, pero a finales del XVIII, tanto las viñas como los cítricos (Asturias era la principal exportadora de naranjas y limones a Inglaterra ya que el flete suponía una cuarta parte que desde levante), fueron cambiadas por manzanos para la elaboración de sidra que Francia e Inglaterra demandaban, hasta el extremo de que el propio Jovellanos, denunciase semejante irresponsabilidad en su Informe sobre el expediente de la ley agraria (1794).
Por ello tan solo quedaron viñedos en las zonas más alejadas del mar, donde era necesario vinificar para el autoconsumo, y así se conservan aún viñedos prefiloxéricos en los concejos de Allande, Cangas de Nancea, Ibias y Tineo, con variedades autóctonas como la Albarín, Carrasquín y Verdejo Negra, aunque desde que se abrieron carreteras hacia León, prácticamente todo el vino se empezó a elaborar con uvas traídas de El Bierzo, algo absurdo porque sería más cómodo importar el vino en garrafas, pero por aquello de mantener la tradición, pues algunas casas mantenían sus lagos y prensas.
Por el contrario la sidra hizo furor en toda la región, principalmente en la zona central costera, Gijón y Villaviciosa, estableciendo una floreciente industria y un rentable comercio con la Bretaña francesa y el Reino Unido.
Sin embargo y a pesar de la incorporación de la botella, hasta hace apenas un par de décadas (incluso hoy), la sidra se considera bebida menor, casi como un refresco para el aperitivo o media tarde y, salvo pueblos sidreros como Gijón, Nava, o Villaviciosa, los bebedores de sidra eran mal considerados por la alta sociedad, gente de chigre (el chigre es el aparato sacacorchos típico de Asturias y por extensión así se llama también a los bares que venden sidra (http://www.pepeiglesias.net/op1.php?IDCAT=116&IDFICHA=931), por lo que no estaba presente en la mesa de los indianos, de hecho casi la bebían a escondidas, ese día que iban de paseo hasta alguna aldea, donde un familiar lejano invitaba al nuevo rico a sentarse a la sombra de un castaño para oírle aquellas anécdotas de su gesta que no se podían narrar en público y menos delante de la esposa y los hijos.
Como en las Americas tampoco era habitual el consumo de sidra y vino, Asturias no gozó de grandes bodegas sino más bien de estanterías donde se lucían vinos famosos, Vega Sicilia, Chateau Mouton y cosas por el estilo, en recuerdo de lo que se vio en Paris, pero apenas para su consumo.
Sí había por el contrario destilados inusuales en España, como el whisky, el tequila, el pisco y otras frecuentes en los respectivos países de acogida, sobre todo el ron, pero como generalmente el indiano rico había llegado a tal precisamente por su afición a la bebida sino más bien por todo lo contrario, pues en estas casas no estaba muy bien visto darle al frasco.
Gracias a Dios, esta lamentable deficiencia fue subsanada por las generaciones descendientes y por hoy Asturias es la región que cuenta con las mejores cartas de vinos de España y los asturianos gozamos de una más que merecida fama de ser el pueblo que más y mejor bebe, quizás del mundo. ¡hips!
Terminamos.
Comprenderán ustedes que el tema exige un libro entero, pero al menos estas cuatro pinceladas yo creo que esbozan el perfil de una cultura simpática, casi desconocida, con personajes aún vivos, aunque algunos confunden con raíces visigóticas. Salir de esta página

lunes, 11 de febrero de 2008

COPA DE FRUTA


copa frutal caribeña
ingredientes
1 pera pelada y cortada en cubos
el jugo de 1/2 limón
1 taza de las de té de frutillas cortadas en trozos
1 mango pelado y cortado en cubos
1 kiwi pelado y cortado en trozos
el jugo de 1/2 naranja
1 lata de leche condensada
1 pote de queso blanco
frutillas para decorar
Preparación:

Colocar todas las frutas en un bol y rociarlas con el jugo de limón y el jugo de naranja. Mezclar todo muy bien. En otro bol, mezclar la leche condensada y el queso. Poner la mitad de esta mezcla en 4 copas y distribuir por encima las frutas, dejando 2 ó 3 centímetros libres del borde. Cubrir con el resto de la leche condensada y queso y llevar a la heladera por una 4 horas aproximadamente. Servir bien frío adornada con una frutilla en el centro de la copa.

SORBETE DE LIMON


granizado de limon y durazno
ingredientes
600 gramos de limones600 gramos de duraznos1 litro de agua
azúcar, cantidad necesaria
hielo picado, cantidad necesaria
Preparación:
Exprimir todos los limones y, a continuación, colarlo para quitar las semillas o restos molestos. Después, lavar bien y trocear los duraznos y licuarlos. Mezclar el jugo de limón con el licuado de los duraznos, el litro de agua y el azúcar a gusto (con azúcar morena tiene un sabor muy especial y agradable). Picar el hielo en la batidora y llenar la mitad de un vaso. Añadir la mezcla anterior y remover con una cuchara. Poner un sorbete y servir. Si se desea, adornar con un poco de menta.
Tags: Sorbetes, Tragos

SORBETE DE LIMON



granizado de limon y durazno


ingredientes

600 gramos de limones600 gramos de duraznos1 litro de agua

azúcar, cantidad necesaria

hielo picado, cantidad necesaria
Preparación:
Exprimir todos los limones y, a continuación, colarlo para quitar las semillas o restos molestos. Después, lavar bien y trocear los duraznos y licuarlos. Mezclar el jugo de limón con el licuado de los duraznos, el litro de agua y el azúcar a gusto (con azúcar morena tiene un sabor muy especial y agradable). Picar el hielo en la batidora y llenar la mitad de un vaso. Añadir la mezcla anterior y remover con una cuchara. Poner un sorbete y servir. Si se desea, adornar con un poco de menta.
Tags: Sorbetes, Tragos

PASTA


tallarines con frejoles
ingredientes:240 gramos de tallarines120 gramos de jamón serrano600 gramos de chauchas4 tomates maduros1 lechuga2 huevos duros1 yema de huevo1 cubo de caldo de verduras3 cucharadas de aceite1 cucharadita de mostazaSal y pimienta, a gusto
Preparación: Hervir la pasta en abundante agua con sal, para que quede “al dente”. Después, pasarla por agua fría y escurrirla bien. Reservar tapada para que no se seque. Cocinar las chauchas en agua con el cubo de caldo desmenuzado. Pasarlas por agua fría y escurrirlas. Escaldar los tomates, pelarlos y cortarlos en dados. Picar la lechuga. Cortar el jamón en tiritas y los huevos duros en gajos. Batir la yema con la mostaza y el aceite. Salpimentarlo a gusto y mezclarlo con la pasta, las chauchas, la lechuga, el jamón y los tomates. Servir adornado con los huevos duros.

ENSALADA TIBIA DE SARDINAS Y PIMIENTOS MORRONES

ensalada tibia de morrones y ajetes
ingredientes
:12 sardinas pequeñas200 gramos de ajíes verdes alargados2 cucharadas de vinagre de jerez4 cucharadas de aceite de olivaSal gruesa, cantidad necesariaSal, a gusto
Preparación:
Lavar bien los ajíes y secarlos con un paño de cocina. Con ayuda de un cuchillo afilado, retirar el tallo y eliminar después las semillas. Freírlos en la mitad del aceite a temperatura suave unos tres o cuatro minutos. Escurrirlos bien y reservarlos. En el mismo aceite , freír las sardinas un minuto por cada lado, escurrirlas sobre papel de cocina y salarlas. En un bol, mezclar el resto del aceite con el vinagre y un poco de sal gruesa. Batirlo bien hasta que ligue y reservarlo. Servir las sardinas y los ajíes y napar con la preparación anterior.
Tags: Comidas, Ensaladas/Verduras, Pescados/MariscosComparte este artículo

BAGELES


Bagel

Ingredientes:
40 gramos de levadura3 cucharadas de azúcar negra1 y 1/2 taza de agua1 cucharada de sal1 kilo de harina2 cucharadas de extracto de maltaSemillas de sésamo o lino
Preparación:

Colocar en un tazón la levadura, 1 cucharada de azúcar negra y el agua tibia. Integrar y dejar reposar por 10 minutos, hasta que aparezcan burbujas en la superficie. Mezclar en un bol el resto del azúcar, la sal y la mitad de la harina. Agregar la preparación anterior y la harina restante. Unir bien y luego amasar durante 5 minutos, hasta que la masa resulte suave y elástica. Tapar y dejar leudar 1 hora. Dividir la masa en porciones y realizar cilindros de 10 centímetros de largo por 2 centímetros de diámetro y unir las puntas para obtener los bagels(rosquitas). Calentar abundante agua en una cacerola. Añadir el extracto de malta y sumergir los bagels por tandas y hervir 30 segundos de cada lado, para que la masa se selle y forme corteza. Retirar con una espumadera y escurrir sobre papel absorbente. Disponer los bagels en una placa para horno, espolvorear con semillas de sésamo o lino y hornear a fuego fuerte de 10 a 15 minutos, aproximadamente, hasta que estén dorados.

REQUESON A LA MOCA


Requesón a la moca

Ingredientes:
Queso blanco descremado (2 cucharadas soperas)1/2 taza de café preparado2 cucharadas de cacao1 cucharada de postre de jugo de limónCoca-Cola ligth o similar1 clara de huevoEdulcorante
Preparación:
Preparar café con la cafetera exprés y separar la 1/2 taza. Disolver en él el cacao sinazúcar sin que queden grumos o pompitas. Añadir el queso blanco descremado y removersuavemente. Probar y poner edulcorante al gusto hasta que tenga el sabor buscado. Agregar un poco de Coca-Cola light. Servir la preparación en una copa. Aparte, batir la clara a punto de nieve. Una vez montada, añadir sobre el contenido de la copa, removiendo con suavidad para dar esponjosidad al postre. Se puede servir en el momento, adornándolo con un poco de cacao en polvo, o tras haber estado unas horas en la heladera.
Tags: Postres, Postres lightComparte este artículo

FRUTAS BAÑADAS CON CHOCOLATE


Frutas bañadas con chocolatePublicado por anita 4 Febrero, 2008 Sin Comentarios
Ingredientes:
2 manzanas2 peras2 naranjas100 gramos de chocolate bajo en calorías para fundir1 vaso de leche descremada
Preparación:
Calentar la leche hasta que comience a hervir, pero suavemente, para que no se queme ni se pegue; reducir entonces el fuego e incorporar el chocolate en polvo o rallado, poco a poco y sin dejar de remover al tiempo con una cuchara de madera; batir y retirar la cacerola del fuego cuando esté bien disuelto. Es importante que el chocolate sea para cocinar, pues no todos los chocolates light sirven para ello. Pelar las frutas y cortar en dados, justo antes de comer, no con mucha antelación, para que no queden pasadas; disponer en una fuente y regar con el chocolate caliente; servir enseguida. Se puede también aprovechar este postre para servirlo en fondue.

BUÑUELOS DE CALABAZA


buñuelos de calabazaingredientes:1/2 kilo de calabaza3/4 de taza de harina1 cucharadita de polvo para hornear3 huevos4 cucharadas de azúcaraceite, cantidad necesariasal, a gusto
Preparación:
Pelar la calabaza, cortarla en cubos y colocarla en una asadera humedecida con agua. Tapar y cocinar en el horno hasta que esté bien tierna. Retirar y pisar. Tamizar la harina con el polvo para hornear y mezclar con el puré de calabaza, los huevos ligeramente batidos, el azúcar, 1 cucharada de aceite y la sal. Dejar reposar de 15 a 20 minutos. Calentar aceite en una sartén. Colocar la preparación por cucharadas, dorar de ambos lados y escurrir sobre papel absorbente. Servir calientes, espolvoreados con azúcar. También pueden utilizarse para acompañar carnes.

CREMA DE MANDARINA Y YOGUR


crema de mandarina y yogur
ingredientes.
4 mandarinas2 yogures naturales cremosos4 galletasLicor de naranjaEdulcorante
Para la crema:
1/2 vaso de leche descremada4 yemas1 cucharada de harina,1 chaucha de vainilla.
Preparación:
Disolver la harina en un poco de agua fría y mezclarla con las yemas. Poner al fuego la leche, dos vasos de agua y la chaucha de vainilla abierta a lo largo. Cuando esté caliente, dejarla reposar unos minutos y retirar la vainilla. Verterlo sobre las yemas y ponerlo de nuevo al baño de María hasta que espese, removiendo continuamente. Enfriar. Poner en un bol el edulcorante y agregar las mandarinas en gajos. Mezclar la crema con el yogur e incorporar las mandarinas con cuidado. Colocar una galleta en el fondo de una copa, rociarla con un poco de licor de naranja y verter la crema. Enfriar. Se puede espolvorear el postre con trocitos de caramelo.

MANZANAS AL CARAMELO


manzanas al caramelo
ingredientes:
4 manzanas6 cucharadas de azúcar2 cucharadas de agua1 vasito de agua calienteunas gotas de jugo de limón
Preparación:
Lavar y secar las manzanas; retirar una parte de su fondo y clavar un palillo de brocheta.En un cacerola, poner el azúcar, el jugo de limón y las dos cucharadas de agua; calentar a fuego vivo y remover con el mango de una cuchara para mezclar bien y que no se pegue al fondo. Cuando el caramelo tome un color dorado, retirar del fuego y, con cuidado, verter el agua caliente sobre él; volver a poner al fuego y dejar cocer otros cinco minutos a fuego medio. Retirar del fuego y rebozar cada manzana en el caramelo hasta cubrirla con una ligera capa; reservar clavadas en el palillo de la brocheta y servir.
Tag: PostresComparte este artículo


charlote de durazno
ingredientes500 gramos de frutillas200 gramos de queso fresco descremado1/2 vaso de leche descremadaEl jugo de 1/2 limón3 cucharadas de edulcorante en polvo
Preparación:
Poner las frutillas en un colador y pasarlos rápidamente y con suavidad bajo la canilla de agua fría; retirarles el pedúnculo. Reservar algunos con el rabillo para adornar en la presentación final, y triturar el resto con la batidora junto con el jugo de limón y una cucharada de edulcorante. En un bol, mezclar el queso con la leche y el edulcorante restante hasta obtener una crema lisa. Probar para rectificar el dulzor si hace falta.Repartir la crema de frutillas en cuatro copas y verter por encima la crema de queso. Adornar las superficies con las frutillas enteras reservadas. Servir o dejar enfriar en la heladera unas horas.
Tags: Cremas, Dulces, Postres, Postres lightComparte este artículo

COPA DE FRUTILLAS


Copa de frutillas
ingredientes
500 gramos de frutillas200 gramos de queso fresco descremado1/2 vaso de leche descremadaEl jugo de 1/2 limón3 cucharadas de edulcorante en polvo
Preparación:
Poner las frutillas en un colador y pasarlos rápidamente y con suavidad bajo la canilla de agua fría; retirarles el pedúnculo. Reservar algunos con el rabillo para adornar en la presentación final, y triturar el resto con la batidora junto con el jugo de limón y una cucharada de edulcorante. En un bol, mezclar el queso con la leche y el edulcorante restante hasta obtener una crema lisa. Probar para rectificar el dulzor si hace falta.Repartir la crema de frutillas en cuatro copas y verter por encima la crema de queso. Adornar las superficies con las frutillas enteras reservadas. Servir o dejar enfriar en la heladera unas horas.

COPA DE FRUTILLAS



Copa de frutillas

ingredientes
500 gramos de frutillas200 gramos de queso fresco descremado1/2 vaso de leche descremadaEl jugo de 1/2 limón3 cucharadas de edulcorante en polvo
Preparación:
Poner las frutillas en un colador y pasarlos rápidamente y con suavidad bajo la canilla de agua fría; retirarles el pedúnculo. Reservar algunos con el rabillo para adornar en la presentación final, y triturar el resto con la batidora junto con el jugo de limón y una cucharada de edulcorante. En un bol, mezclar el queso con la leche y el edulcorante restante hasta obtener una crema lisa. Probar para rectificar el dulzor si hace falta.Repartir la crema de frutillas en cuatro copas y verter por encima la crema de queso. Adornar las superficies con las frutillas enteras reservadas. Servir o dejar enfriar en la heladera unas horas.

PAPAYA Y BANANA AL HORNO


INGREDIENTES DE LA CRUZ DE LOMO HOJALDRADA Trozos de lomo de 2 ó 3 dedos de grosor (uno por persona) Ingrediente 2 Finas hierbas Sal Y pimienta Estragón Mostaza fuerte Harina blanca Láminas de hojaldre Una yema de huevo
ELABORACIÓN DE LA CRUZ DE LOMO HOJALDRADA Se mezcla la harina con las finas hierbas, el estragón, la sal y la pimienta, rebozando la carne con el preparado y por encima poner la mostaza.
En una fuente reflectaria y untada con aceite de oliva se pone la carne al horno precalentado a 180º unos 15 minutos.
Darle la vuelta y otros 10 minutos.
Sacarlo y dejarlo enfriar, reservar el jugo que quede.
Extender el hojaldre, pincharlo con un tenedor para que no se hinche y envolver cada trozo de carne como si fuese un paquete, con los recortes se puede decorar en forma de cruz. Untar con la yema batida.
Ponerlo nuevamente al horno hasta que el hojaldre este cocido (unos 20 minutos).
Acompañar con el jugo.

CINTA DE LOMO HOJALDRADA




INGREDIENTES DE LA CRUZ DE LOMO HOJALDRADA Trozos de lomo de 2 ó 3 dedos de grosor (uno por persona) Ingrediente 2 Finas hierbas Sal Y pimienta Estragón Mostaza fuerte Harina blanca Láminas de hojaldre Una yema de huevo
ELABORACIÓN DE LA CRUZ DE LOMO HOJALDRADA Se mezcla la harina con las finas hierbas, el estragón, la sal y la pimienta, rebozando la carne con el preparado y por encima poner la mostaza.
En una fuente reflectaria y untada con aceite de oliva se pone la carne al horno precalentado a 180º unos 15 minutos.
Darle la vuelta y otros 10 minutos.
Sacarlo y dejarlo enfriar, reservar el jugo que quede.
Extender el hojaldre, pincharlo con un tenedor para que no se hinche y envolver cada trozo de carne como si fuese un paquete, con los recortes se puede decorar en forma de cruz. Untar con la yema batida.
Ponerlo nuevamente al horno hasta que el hojaldre este cocido (unos 20 minutos).
Acompañar con el jugo.

CARRILLADA DE CERDO IBERICO


ELABORACIÓN DE LA CARRIDALLA DE CERDO IBERICO En una olla se pone el aceite de oliva con la cabeza de ajos. Con cuidado de que no se quemen. Reservar y guardar en un mortero. Agregar la carrilada a la olla y añadir un sofrito.
Mientras cortar las cebollas enlaminas y echarlas a la carne, añaidr las hojas de laurel y el pimentón rojo. Añadir agua hasta cubrir la carne.
Picar los ajos en el mortero. Incorporarlos a la olla junto con el vino tinto. Rectificar de sal.
Tapar la olla express y cuando levante el hervor, dejar cocer veinte minutos.

RIÑONES AL JEREZ


Riñones al Jerez
Para 6 personas o como tapa para 18:- 750 grs. de riñones de cordero o de ternera - 3 cucharadas de aceite de oliva virgen - 1 cebolla pequeña - 2 cebolletas incluido lo verde(si no tenéis poned 1/2 cebolla más) - 2 dientes de ajo - 2 cucharaditas de harina - 1 taza de agua - 1 copa de vino de jerez - 1/2 cucharadita de pimentón dulce - Un poquito de pimienta negra - Sal - Perejil picado- Opcional: guindilla o chili Lo más importante es que los riñones estén bien limpios. Como supongo que ya sabréis los riñones de cualquier "animalito" incluidos nosotros, sirven para filtrar los líquidos del organismo y una vez hecho esto se produce orina. Así que de no estar bien limpios ese sabor predominará sobre cualquier otro. Espero no estar quitando os las ganas de preparar este exquisito plato. Para ello os recomiendo que utilicéis riñones de animales jóvenes tales como los de cordero o ternera lechal. Los de animales mayores no son muy apropiados y resulta más difícil realizarlos con garantía de éxito.
Elaboración:Para limpiarlos adecuadamente, cortadlos en rodajas y ponedlos dentro de un recipiente con un vaso de agua un puñado de sal y 2 dl de vinagre. Dejadlos así durante unos 15 minutos. Ahora colocadlos en una tapa de cacerola invertida, boll o similar. Poner una olla con dos o tres dedos de agua al fuego y colocar la tapa invertida o el boll encima de esta, tal que le dé el vapor de agua y los caliente. Los riñones iran soltando él liquido poco a poco.Esto se demorara unos 10 minutos. Ahora poned los riñones en un colador y lavarlos bien con abundante agua fría (recomiendo, debajo del chorro de agua fría). Por su puesto el agua que soltaron no sirve para nada. En un Mortero o Almeriz colocar un poco de sal y los ajos y el perejil. Majarlo, debe quedar una pasta.
Colocar el aceite de oliva en una sartén y añadir la cebolla y la cebolleta bien picaditas. Cuando este trasparente (esto es que está tierna) añadir los riñones y darle unas vueltas. Ahora añadir la pimienta, la guindilla o chili (opcional), el pimentón y la harina. Seguir dándole unas vueltas y mojar (incorporar) el agua y añadir el majado de ajo y perejil. Mover el conjunto y dejarlo cocer de a 5 a 8 minutos. El jerez se les añade justo antes de servirlos.

RIÑONES AL JEREZ



PASTELITOS RELLENOS DE NATA O DULCE DE MEMBRILLO


Postre o Respostería - Pastelitos con dulce de membrillo
» Recetas de Cocina » Postres y Reposteria » Pastelitos con dulce de membrillo Sábado, 29 de Diciembre de 2007. Escrito por admin
FICHA DE LA RECETA Nº Personas: Tiempo preparación: Dificultad: AltaNivel de Calorías: Alto

INGREDIENTES DE LA RECETA 2 tazas de harina 1 cucharadita de sal 1 huevo batido 2 cucharadas de margarina blanda o manteca 1/3 taza de agua 150 gr de dulce de membrillo 1 cucharada de azúcar 2 cucharadas de vino tinto
ELABORACIÓN DE LA RECETA Elaboración de la Masa:
Sobre la mesada ponga la harina y haga un hueco en el centro en el cual hay que agregar el huevo batido con margarina o manteca.
Mezcle los ingredientes y a su vez ir agregando agua y harina intercaladamente, hasta obtener un bollo bien firme.
Amasar firmemente, hasta obtener una masa lisa y bien elástica. Tapar la masa y dejarla descansar ½ hora.
Estire la masa en forma rectangular, unte la superficie de la masa con margarina o manteca, espolvoréela con harina, doblar la masa uniendo las puntas, haga girar la masa de modo que las puntas abiertas queden hacia los costados.
Vuelva a estirar la masa dándole forma rectangular, vuelva a pintarla con manteca, también vuelva a espolvorearla con harina y doblarla en dos.
Repetir la operación dos veces, taparla y dejarla descansar ½ hora.
Para Relleno:
Coloque el dulce de membrillo en una sartén, cortado en trocitos, agréguele azúcar, el vino y revolver sobre el fuego hasta obtener una crema espesa, retirar y dejar enfriar.
Estirar la masa hasta dejarla fina, dividirla en tiras anchas, y de esas tiras cortar cuadrados, poner en el centro de cada cuadrado una cucharadita de dulce, pintar con agua alrededor y taparlo con otro cuadrado de masa, presionar alrededor del dulce y levantar las puntitas, para darle la forma de pastelito.
Calentar el aceite en una cacerola, cuando éste esté caliente ir echando los pastelitos, hasta cuando estén doraditos. Al sacarlo escurrirlos en papel absorbente.
Por otro lado preparar una cacerola con almíbar, de modo que cuando los pastelitos estén bien escurridos pasarlos por el almíbar.

TARTA DE QUESO CON ARANDANOS

Receta de Cocina: Postre o Respostería - Tarta de queso con arandanos
» Recetas de Cocina » Postres y Reposteria » Tarta de queso con arandanos Miércoles, 19 de Diciembre de 2007. Escrito por Maica Mortara
FICHA DE LA RECETA Nº Personas: 4 - 6Tiempo preparación: Dificultad: Media Nivel de Calorías: Alto

INGREDIENTES DE LA RECETA 1/2 l de nata 1 tarrina de queso philadelphia 250 grs 14 a 19 galletas 1 sobre de gelatina de limón mermelada de arándanos
ELABORACIÓN DE LA RECETA Receta de la base: En un molde para tartas desmontable, se deshacen las galletas, se trituran con un tenedor.
Se derrite la margarina en un recipiente calentándola al fuego.

Cuando esté derretida se vierte sobre el molde y se mezcla con las galletas para hacer una masa lo más homogénea posible. Esta mezcla se deja enfriar y luego se coloca en la nevera unas 2 o 3 horas.
Receta de la masa: Se prepara la gelatina de limón tal cual lo indique en las instrucciones del sobre pero echando menos agua (si dice medio litro de agua echar 100 ml menos).
En un recipiente se pone la nata líquida, la tarrina de queso y la gelatina de limón, ya preparada y se bate todo con la batidora hasta hacer una masa homogénea.
Verter esto sobre el molde de la tarta con la base de galletas.
Dejar enfriar y después a la nevera hasta que la masa quede sólida.
Una vez la masa está sólida, sacar la tarta del molde y poner por encima la mermerlada de arándanos.
Receta de Cocina: Postre o Respostería - Tarta de queso con arandanos
» Recetas de Cocina » Postres y Reposteria » Tarta de queso con arandanos Miércoles, 19 de Diciembre de 2007. Escrito por Maica Mortara
FICHA DE LA RECETA Nº Personas: 4 - 6Tiempo preparación: Dificultad: Media Nivel de Calorías: Alto

INGREDIENTES DE LA RECETA 1/2 l de nata 1 tarrina de queso philadelphia 250 grs 14 a 19 galletas 1 sobre de gelatina de limón mermelada de arándanos
ELABORACIÓN DE LA RECETA Receta de la base: En un molde para tartas desmontable, se deshacen las galletas, se trituran con un tenedor.
Se derrite la margarina en un recipiente calentándola al fuego.

Cuando esté derretida se vierte sobre el molde y se mezcla con las galletas para hacer una masa lo más homogénea posible. Esta mezcla se deja enfriar y luego se coloca en la nevera unas 2 o 3 horas.
Receta de la masa: Se prepara la gelatina de limón tal cual lo indique en las instrucciones del sobre pero echando menos agua (si dice medio litro de agua echar 100 ml menos).
En un recipiente se pone la nata líquida, la tarrina de queso y la gelatina de limón, ya preparada y se bate todo con la batidora hasta hacer una masa homogénea.
Verter esto sobre el molde de la tarta con la base de galletas.
Dejar enfriar y después a la nevera hasta que la masa quede sólida.
Una vez la masa está sólida, sacar la tarta del molde y poner por encima la mermerlada de arándanos.
Receta de Cocina: Postre o Respostería - Tarta de queso con arandanos
» Recetas de Cocina » Postres y Reposteria » Tarta de queso con arandanos Miércoles, 19 de Diciembre de 2007. Escrito por Maica Mortara
FICHA DE LA RECETA Nº Personas: 4 - 6Tiempo preparación: Dificultad: Media Nivel de Calorías: Alto

INGREDIENTES DE LA RECETA 1/2 l de nata 1 tarrina de queso philadelphia 250 grs 14 a 19 galletas 1 sobre de gelatina de limón mermelada de arándanos
ELABORACIÓN DE LA RECETA Receta de la base: En un molde para tartas desmontable, se deshacen las galletas, se trituran con un tenedor.
Se derrite la margarina en un recipiente calentándola al fuego.

Cuando esté derretida se vierte sobre el molde y se mezcla con las galletas para hacer una masa lo más homogénea posible. Esta mezcla se deja enfriar y luego se coloca en la nevera unas 2 o 3 horas.
Receta de la masa: Se prepara la gelatina de limón tal cual lo indique en las instrucciones del sobre pero echando menos agua (si dice medio litro de agua echar 100 ml menos).
En un recipiente se pone la nata líquida, la tarrina de queso y la gelatina de limón, ya preparada y se bate todo con la batidora hasta hacer una masa homogénea.
Verter esto sobre el molde de la tarta con la base de galletas.
Dejar enfriar y después a la nevera hasta que la masa quede sólida.
Una vez la masa está sólida, sacar la tarta del molde y poner por encima la mermerlada de arándanos.

LA SIRENITA

LA SIRENITA
CARATULA

UNICO,SENSACIONAL

UNICO,SENSACIONAL
GANA CON LOS AÑOS

UN GRUPO QUE ME ENCANTA

UN GRUPO QUE ME ENCANTA
SUS LETRAS ME EMOCIONAN

ASTURIANO

ASTURIANO
NO PODIA SER DE OTRA MANERA

SEÑORA

SEÑORA
LA MAS GRANDE

una voz unica

una voz unica
ROCIO JURADO LA MAS GRANDE

Playas de poniente

Playas de poniente
vista area de las playas

estatua de Don Pelyo

estatua de Don Pelyo
Muelle de Gijon

PLAYA SAN LORENZO HOY

PLAYA SAN LORENZO HOY
Vista de laPlaya

Playa de San Lorenzo

Playa de San Lorenzo
Vista Playa de noche

ELOGIO AL HORIZONTE

ELOGIO AL HORIZONTE
Estatua diseñada y creada por CHILLIDA
Powered By Blogger

Etiquetas

PUNTE ROMANO

PUNTE ROMANO
puente romano de cangas de onis